Perder la ilusión por el trabajo no siempre significa que haya que dejarlo. Una coach laboral explica cómo distinguir una mala racha de una señal de alarma y qué tres preguntas conviene responder antes de dar el salto.
A todos nos ha pasado: hay épocas en las que el trabajo pesa más de la cuenta. Volver de vacaciones, encadenar varias semanas intensas o atravesar un periodo de cambios en la empresa hace que la relación con con nuestro curro pase por sus horas más bajas. El problema real aparece cuando esa sensación deja de ser una cosa puntual y pasa a convertirse en una rutina: la motivación desaparece por completo y levantarnos de la cama por la mañana para ir a trabajar se convierte en una losa pesada que nos marchita el carácter.
Llegados a este punto surge una cuestión tan común como difícil de responder: ¿estamos ante una mala racha que acabará pasando o ante una señal de que necesitamos cambiar de trabajo? Ana Lorente, coach laboral, especialista en Programación Neurolingüística (PNL) y fundadora de Muy Ciela, nos propone fijarnos en determinados patrones antes de tomar una decisión. Más que buscar una razón aislada, consiste en observar cuánto tiempo llevamos con ese malestar, cómo está afectando al resto de nuestra vida y qué perspectivas reales hay de que la situación mejore.
7 señales ‘código rojo’ de que necesitas cambiar de trabajo
Lo primero que conviene que sepas es que la motivación nunca es un estímulo estable: atraviesa ciclos a lo largo de toda la vida profesional, y no todas las bajadas significan lo mismo. Para Lorente, estas 7 señales indican que ha llegado la hora de cambiar de trabajo y que merecen especial atención. Son las que ella denomina «código rojo».

1. El domingo por la noche se ha convertido en un momento difícil
Una cosa es la pereza habitual ante la vuelta a la rutina y otra que aparezca una angustia recurrente semana tras semana. «El domingo por la noche se ha convertido en un muro emocional», explica Lorente. «Si esa sensación lleva meses instalada, no es una mala racha, es una señal».
2. Has perdido la ilusión por lo que antes te motivaba
Que desaparezca el interés por tareas que antes disfrutabas es otro motivo para que salten las alarmas. Según la experta en PNL, cuando esto ocurre «no es cansancio puntual, es una desconexión más profunda con lo que haces».
3. El malestar laboral traspasa las paredes de la oficina
Lo que sentimos durante la jornada acaba reflejándose en la vida personal. Si notas que te has vuelto más irritable, más cínico o más apático fuera del trabajo, cuidado. «El malestar laboral que no se queda en la oficina, sino que contamina tu vida personal, tu paciencia o tu energía en casa, es una alarma que no conviene ignorar», sostiene la coach laboral.
4. Tu crecimiento profesional se ha estancado
Atravesar una etapa rutinaria es normal en cualquier puesto. La cuestión es si todavía existe alguna posibilidad de evolucionar dentro de él. Si llevas demasiado tiempo en el mismo punto y sientes que necesitas nuevos retos para seguir avanzando, probablemente se trate de un «estancamiento sin ninguna perspectiva de mejora», apunta Ana Lorente. La diferencia con una mala racha es sencilla: la mala racha tiene fecha de caducidad; el estancamiento, no.
5. Justificas constantemente por qué sigues ahí
Frases como «es lo que hay» o «en todos lados es igual» pueden convertirse en una forma de aplazar una decisión incómoda. Tal como destaca la experta, cuando defendemos nuestra situación con excusas que ni nosotros mismos nos creemos del todo, lo que hacemos es esconder una verdad que no queremos mirar de frente.
6. Tu cuerpo empieza a reflejar el malestar
Hay molestias que conviene observar cuando aparecen de forma continuada alrededor de la jornada laboral, porque «el cuerpo empieza a hablar antes que la mente», señala la coach. «Dolores de cabeza recurrentes, problemas de sueño o cansancio físico sin una causa médica clara son las más habituales». Y hay que prestar especial atención si coinciden con los días laborables: «es la forma que tiene el subconsciente de expresar aquello que todavía estamos procesando», asegura nuestra experta.
7. Imaginas una alternativa todo el rato
Pensar de vez en cuando en otro trabajo es habitual; todo el mundo lo hace antes o después. La señal está en que esa fantasía se convierta en una idea que ronda la cabeza la mayor parte del día. Si no es la primera vez que piensas «cualquier cosa menos esto», «conviene prestarle atención a esa señal», sugiere la especialista.
3 preguntas que deberías hacerte antes de cambiar de trabajo
Reconocerse en alguna de estas señales es motivo para detenerse y analizar la situación, no para presentar la carta de dimisión al día siguiente. Ana Lorente propone responder, por este orden, a tres preguntas:

- ¿Lo que siento es sobre este trabajo en particular o es un patrón que se repite en cualquier empleo que he tenido? Si la sensación ha aparecido en distintos trabajos, quizá haya factores personales o profesionales que convenga trabajar antes de cambiar de escenario. Según la experta, «la respuesta cambia completamente el enfoque de la solución».
- Si quitara el miedo económico de la ecuación por un momento, ¿seguiría queriendo quedarme aquí? La inestabilidad económica es uno de los mayores frenos, y apartarla temporalmente del análisis permite ver qué queremos realmente de nuestro trabajo y cuánto pesa el miedo al cambio en la decisión.
- ¿Qué es exactamente lo que me falta: reconocimiento, propósito, mejores condiciones, mejores relaciones? El objetivo de esta pregunta es poner nombre al malestar. Transforma una sensación difusa en una cuestión concreta que se puede intentar resolver, dentro o fuera de la empresa.
La recomendación de la coach laboral es responder con sinceridad y concretar todo lo posible, porque cuanto más precisa sea la respuesta, «más clara será la decisión».
El error de cambiar de trabajo solo para escapar del actual
Empezar de cero después de años de esfuerzo da vértigo, y precisamente por eso conviene no dejarse llevar solo por las ganas de salir. «La señal más fiable no es la intensidad del deseo de escapar, sino la claridad con la que puedes describir lo que sí quieres, no solo lo que quieres dejar atrás», indica Lorente.

Si solo eres capaz de enumerar lo negativo y no tienes una idea de qué te haría sentir mejor fuera de ahí, la fundadora de Muy Ciela aconseja «trabajar primero esa claridad interna antes de dar el salto». Cambiar de escenario sin resolver antes esa pregunta suele terminar en repetir el mismo malestar en un lugar distinto.
Esa es la conclusión más útil: cambiar de trabajo puede ser una decisión clave para el bienestar, pero antes hay que tener claro qué se busca con ese cambio. Podemos llevar meses sintiendo que hemos dejado de encajar, incluso cuando el puesto parece envidiable desde fuera, y aun así conviene decidir con calma para no arrepentirse o, peor, repetir la misma situación en otra empresa. Como concluye Ana Lorente, «a menudo el mayor freno no es el cambio en sí, sino la creencia de que no merecemos sentirnos mejor de lo que ya estamos».

