Empezó a actuar a los 12 años y lleva dos décadas sin parar: una serie inglesa, un rodaje en México y, desde 2022, Madrid, adonde llegó con una maleta y el papel protagonista de “Todas las veces que nos enamoramos”. Franco Masini (32 años) se sienta con Rísbel Magazine después de la sesión de fotos con un libro bajo el brazo y una idea fija: la gente, o mejor dicho, su gente. La familia, los amigos, «las juntadas». Franco se define como un “generador de encuentros” y, durante una hora de conversación, lo demuestra.

Gafas de sol Doma Crisco Black, de MÓ.
Hace diez años publicó un libro con un título que sentó las bases de su voluntad: “Soy Franco”. Le preguntamos si hoy puede seguir permitiéndose ser igual de «franco» o si la exposición mediática le ha enseñado a medir cada palabra, y reconoce que hay una mezcla de las dos cosas. Con la madurez, dice, uno pierde esa inocencia de chiquito “donde todo va para todos lados” y empieza a razonar las cosas antes de decirlas; y al estar más expuesto, sabe que sus palabras tienen repercusión y toca ser más cuidadoso. La edad y la exposición, resume.

El libro que trae hoy es “La tregua”, de Mario Benedetti. Su protagonista, Martín Santomé, es un hombre que vive en piloto automático, con la alegría apagada, hasta que alguien llega y lo despierta. La vida de Franco Masini es justamente lo contrario: ir y venir, rodajes, países, gente nueva, eventos y compromisos de trabajo. Quizá por eso este personaje le habla desde la otra orilla. Frente a tanto movimiento, nos cuenta que busca momentos de estructura y disciplina: esté donde esté, en Japón o en Buenos Aires, intenta salir a correr cuatro veces por semana. Eso, junto a la terapia y ciertas rutinas que procura mantener, le da un orden interno para que la vida de un lado para otro no se lo lleve por delante. Santomé contaba los días que le quedan para jubilarse. Franco, en cambio, no está esperando a que llegue ninguna fecha en particular: bromea con su cumpleaños, admite que le encanta la Navidad, pero prefiere quedarse con una frase que le repite mucho su padre: “Solo por hoy”. Un brindis a la vida, para pararse a disfrutar cada momento en una etapa que es puro dinamismo. Aunque, advierte, el movimiento genera más movimiento. Y a él le va la marcha. De todo eso -de la familia, de los amigos, del amor y de alguna noche surrealista en Venecia- hablamos con él.
Entrevista a Franco Masini
¿Qué ha sido lo último que pensaste y no dijiste en una entrevista?
Me han preguntado por momentos difíciles de mi vida. He tenido varios, por supuesto, pero ahí uno elige cuál contar y cuál no. Uno todavía tiene esos permisos en las entrevistas: por más que te hagan la pregunta, vos decidís qué responder.

Te voy a pedir una cosa muy rara. Preséntate sin decir actor, sin decir cantante, sin mencionar ningún proyecto tuyo. ¿Quién es Franco?
Franco es una persona muy sensible. Familiar. Un apasionado de lo que hace. Bastante resiliente. Que lo da todo por los que quiere y que intenta disfrutar cada día más la vida.
He leído que una de las cosas que más te cuesta de vivir fuera son los domingos, cuando se junta la familia. ¿Qué hay en un domingo argentino que no se puede traer a Madrid?
Argentina es un lugar de mucha unión, y eso es parte del dia a día. No es que vea a mi gente una vez al mes, no: la veo tres veces por semana. Un día como con mi papá, otro con mi mamá; viene un amigo a la tarde, hacemos un asado; me voy a tomar el té con mi abuela, que vive a diez cuadras. En Madrid me falta eso de decir “armo una comida en casa y vienen varios”. Aunque Madrid tiene algo increíble: todo es walking distance. Acá el plan es más afuera: te sentás en una plaza, te tomás una caña.

¿Qué es lo que más te gusta de vivir en Madrid?
La calle es increíble. A mí, que soy muy hiperactivo y me encanta estar siempre haciendo planes fuera, ir de un lado para el otro, eso lo disfruto mucho acá. En un mismo día tomo un café con uno, a las dos me voy a tomar otro café a otro lado con otro, después una caña en la plaza, después voy a comer… Me encanta la cantidad de planes que hay fuera, en la calle, en distintos lugares.
Te has definido como un “generador de encuentros” y el término me fascina. Suena casi a oficio. ¿Cuándo descubre una persona que le gusta más juntar gente que ser el foco de la juntada?
A mí siempre me gustó. No hay nada que me guste más que lo que llamamos en Argentina el “grupo rejunte”. De hecho, mi grupo de amigos es un grupo rejunte: no somos todos del mismo lugar, ni del mismo colegio, todos distintos uno del otro. Y eso formó un grupo de siete u ocho personas que es increíble, porque todos vienen de distintos lugares, hay distintas edades, y eso a mí me encanta. En Madrid lo suelo hacer un montón: armo comidas donde voy con un amigo, le digo a otro si quiere venir aunque no lo conozca, y de golpe se hacen amigos. Y ni hablar cuando después veo que se hicieron amigos entre ellos y se van juntos por su cuenta. Ahí ya ni hablar.
Has dicho que tu tiempo y tu dedicación a tu gente no se negocian. Pero la industria en la que trabajas va precisamente de lo contrario: de negociar tu tiempo. ¿Cuándo fue la última vez que dijiste que no a algo grande por estar con los tuyos?
Me ha pasado muchas veces. A ver: a mí me encanta lo que hago, me encanta mi trabajo, e intento acomodar las cosas. Pero esta profesión tiene algo: no hay días fijos ni lugares fijos. Hoy estoy acá y mañana no. Hace un tiempito estuve filmando una película en Uruguay y pasé casi dos meses y medio fuera de mi casa, así que me las rebuscaba para volver los fines de semana. Hay cosas que intento no perderme: el cumpleaños de mi madre, el de mi padre, el de mi ahijado. Los casamientos. El año pasado fue el casamiento de mi mejor amiga y, si bien estaba trabajando, había cinco días en los que yo sabía que tenía que estar ahí. Salvo que sea algo muy difícil de cancelar, como un rodaje entero, intento pedir esas fechas. Y si no puedo cancelar el trabajo, viajo aunque sea por un día y medio: me ha pasado de volver a Buenos Aires, estar dos días y regresar. Cuando son ese tipo de vínculos, se merecen que yo esté. A mí también me encantaría que ellos estén cuando hay algo importante para mí.

No te voy a preguntar con quién; te voy a preguntar cómo. ¿En qué se diferencia el Franco que amaba a los 22 años del Franco de los 32?
El Franco que amaba a los 22 era más inocente. Había cierta creencia de que el amor todo lo puede, de que es para siempre, de que es un flashazo y de golpe te enamoraste. Uno a esa edad va explorando, teniendo vivencias que se convierten en aprendizajes, recuerdos, aventuras. Hoy, con 32, siento que el amor es una construcción: es escuchar al otro, trabajar en ese vínculo para que funcione, ceder en algunas cosas, aceptar otras. Ya no sé si es un flashazo de decir “guau, me enamoré a primera vista”, sino que me enamoro de gestos, de actitudes. Con la edad vas valorando otras cosas del otro: otro tipo de cuidados, de escucha. Es otra manera de vincularte. Por lo menos para mí.
¿Qué te ha costado más trabajo: aprender a querer a los demás o aprender a quererte a ti mismo?
Las dos cosas me costaron trabajo, y lo digo en el buen sentido. Siento que quererse uno mismo es fundamental para poder querer a otro. Desde esa premisa: uno se tiene que querer “a uno” para saber lo que es querer a otro; si no, lo veo medio complicado. Estoy en un momento en el que intento disfrutar mucho del otro, acompañar y rodearme de gente que me quiere y que yo quiero. Disfrutar los momentos, las oportunidades, agradecer lo que uno va viviendo. Porque hoy tengo 32, pero arranqué a trabajar desde muy chiquito, y a veces miro para atrás y digo: “Wow, hace 20 años que trabajo”. Entrás en cierta pelota de ir de un lado para el otro, siempre pensando en cómo sigue. Y a veces hay que parar un poco la pelota para agradecer, para valorar todas las oportunidades que uno va teniendo. Estoy un poco en ese plan: disfrutar los proyectos y también poder estar sin hacer nada y estar contento. Porque la carrera del actor cambia muchísimo, hay momentos donde uno no trabaja, y estar consciente de eso te permite valorar mucho el proyecto que estás haciendo sin estar pensando ya en el siguiente.

Llegaste a España en 2022, con el mundo aún recomponiéndose de la pandemia y los viajes a medio descongelar. ¿Aquello fue una necesidad, una huida hacia delante?
Me pasó que yo había terminado una serie en México y estaba en Buenos Aires, después de un año trabajando en Ciudad de México. De un día para el otro me llaman para una audición, la hago, me vuelan a Madrid y me dicen: “Franco, queremos que seas el protagonista de la próxima serie que estamos haciendo”, que se llamaba “Todas las veces que nos enamoramos”. Agarré la maleta y me fui. Así fue como pasó. Pero sí: yo tenía muchas ganas de seguir creciendo internacionalmente. Venía de dos años de dar mis primeros pasos en otros países. Había hecho Riviera, una serie inglesa, y estuve viviendo tres meses en Europa. Volví, me fui a hacer lo de México y justo se dio lo de España. Dije: “Esta oportunidad la tengo que aprovechar. Madrid me encanta. Voy”. Y aquí estoy todavía.
Has hablado muchísimo de las juntadas, del compañerismo, de la gente. ¿Qué saben los argentinos de la amistad que los españoles, que presumimos mucho de sobremesa, todavía podríamos aprender?
El argentino tiene la amistad y la unión muy marcadas, casi de manera inconsciente: las juntadas con amigos todo el tiempo, esa cosa medio familiar con tu gente cuando la invitás a tu casa, ir juntos para todos lados, como en pelotón. Por ejemplo, hace unos meses fue el Mundial: en Argentina el Mundial es el motor para juntarse, la excusa perfecta para hacer un asado y estar con todos tus amigos abrazados cantando el gol. Eso es muy argentino, ¿viste?

¿Y crees que los españoles no nos juntamos tanto, en ese sentido?
No, no, la verdad que los españoles también os juntáis. Aquí lo veo bastante con el Real Madrid: cuando juega, voy caminando por la ciudad y me encanta meterme de golpe en un bar y ver cómo miran el partido todos. Ahí también hay algo de esa unión. La realidad es que lo veo muy parecido a Argentina. España es un lugar donde me siento como en casa, esto no me pasa en otros países. Más que diferencias, te diría que compartimos: esa unión, esa pasión por el fútbol, toda la parte social. Aunque aquí los domingos se come muy tarde. Eso, en Argentina, no tanto.
He estado mirando los eventos a los que has ido últimamente: Mónaco, Wimbledon, Coachella, la Champions. Visto desde fuera parece un sueño; visto desde dentro, es trabajo, es agenda. ¿Cómo te cambia la película cuando pasas de ir a esos eventos por afición a verte en la obligación de ir por trabajo?
Muy buena pregunta. Esos eventos que nombraste son increíbles, son lugares de los que uno dice: “Uy, me encantaría conocer, me encantaría ir”. Por eso lo agradezco y lo disfruto mucho cuando voy. ¿Es trabajo? Sí, es verdad. Pero en mi caso particular no lo tomo como trabajo: lo tomo como una oportunidad para conocer algo a lo que no sé si se me va a dar la posibilidad de ir de otra manera. Por ejemplo, lo de la Fórmula 1: tuve la oportunidad de ir con mi padre, que es fanático de los autos. Si bien era trabajo para mí, a través de ese trabajo lo estaba haciendo feliz a otro nivel. No se lo olvida más, y yo tampoco. Ahí sí lo tomo como un agradecimiento hacia mi profesión: “Mirá qué loco que pude venir aquí por mi trabajo”. La verdad es que no reniego mucho con esas cosas: como las disfruto, nunca las veo como un peso. Incluso con mi propia profesión, el actuar: amo lo que hago, y tener la posibilidad de amar lo que uno hace, que encima te paguen y poder vivir de esto, es una cosa que hay que agradecer. Nunca me pesa. Obviamente, a veces tenés que poner un freno y decir: “Bueno, estoy de acá para allá, tengo que frenar”.

¿Cuál ha sido el momento más absurdo o surrealista que has vivido en uno de estos eventos exclusivos? El típico de pensar: “Madre mía, si me vieran mis amigos de Buenos Aires”.
Me ha pasado varias veces. Una vez -no fue un evento- yo estaba filmando Riviera, esta serie inglesa que te conté, y estaba viviendo en Venecia, en un hotel muy lindo, durante el Festival de Venecia. En el lobby del hotel hacían una fiesta de la que yo no estaba ni enterado. Volvía de tomar un helado y, para hacértela rápida, terminé con Rami Malek y Joaquin Phoenix en la fiesta, yendo a un baile y a una discoteca. No los conocía de nada, cero. Justo pasó una persona que me dijo: “Me gusta cómo estás vestido, ¿querés venir a la fiesta?”. Y yo: “Bueno, dale, voy”. Y fui. Y por dentro decía: “Esto se lo voy a contar a mis amigos y no lo van a poder creer”. Y hace poco estuve en un evento de Mercedes-Benz en Alemania, muy privado, del lanzamiento de un auto nuevo, con invitados de distintas partes del mundo. Yo estaba charlando con una persona y no me acordaba tanto de su cara. En un momento le pregunto: “¿A qué te dedicás?”. Y me dice: “Juego al fútbol. Bueno, ya me retiré”. Era el que nos había metido el gol en la final de la Copa del Mundo. El alemán que nos dejó afuera. Y encima me dice: “De hecho, los he dejado afuera”.

Me han dicho que eres un excelente anfitrión y, de hecho, en esta entrevista lo has dejado caer varias veces. Para cerrar: si esta noche organizaras una juntada, como decís en tu país, y pudieras sentar a la mesa a tres personas de tu vida, de ahora o de cualquier época, ¿quiénes serían y qué les cocinarías?
Yo haría un asado. Entraña, provoleta, chorizo, morcilla. Hago muy buenas batatas y papas al plomo. Una ensalada de rúcula, tomate y parmesano. Y depende del clima: si hace calor, hago una ensalada espectacular que lleva durazno, tomate, queso, bacon y un poco de albahaca. Y los invitaría a mi padre, a mi madre y a mi hermana. Comeríamos los cuatro.
Cerramos el círculo con la familia…
Eso es, la familia. Siempre la familia.
Producción: Mateo Carrasco.
Fotógrafo: Dani Valde.
Estilismo: Berta Fdez.-Abascal.
Maquillaje y pelo: Manu Moreno (Ns Management).
Asistente de moda: Andrea Estirado.
Asistente de foto: Edu González.


