Un estudio de la Universidad McGill revela que la empatía activa regiones concretas del cerebro y que imaginar el sufrimiento ajeno nos hace más propensos a ayudar.
Sentir empatía parece algo automático: un amigo te cuenta una mala noticia y algo se remueve por dentro. Pero detrás de esa reacción aparentemente espontánea hay un mecanismo cerebral preciso que la ciencia lleva más de un siglo intentando descifrar, desde que el psicólogo británico Edward B. Titchener universalizara el concepto en 1909.

La neurociencia de la empatía ha dado pasos de gigante en los últimos años. Hoy sabemos qué regiones del cerebro se activan cuando nos ponemos en la piel de otra persona, por qué algunas personas parecen más empáticas que otras y, lo más sorprendente, que nuestra imaginación es la pieza que lo desencadena todo. Un estudio de la Universidad McGill (Canadá), publicado en la revista Emotion, lo ha demostrarlo con datos.
Qué es la empatía según la neurociencia
La empatía es la capacidad de percibir, comprender y compartir los estados emocionales de otras personas. Pero la neurociencia ha demostrado que va mucho más allá de las emociones.
«Con la empatía simulamos internamente no solo los estados afectivos de los demás, sino también sus estados mentales cognitivos», explica la neuropsicóloga polaca Kamila Jankowiak-Siuda en un artículo publicado en la revista Medical Science Monitor. Según esta experta, la empatía también incluye «nuestra capacidad para adoptar la perspectiva cognitiva de otras personas, lo que nos ayuda a comprender sus experiencias, intenciones y necesidades».

Dicho de otra forma: cuando empatizas con alguien, tu cerebro no solo siente lo que siente esa persona. También reconstruye lo que piensa, lo que quiere y lo que necesita.
Las zonas del cerebro donde nace la empatía
A nivel neurológico, la empatía tiene su origen en el sistema de neuronas espejo, descubierto por el equipo del neurofisiólogo italiano Giacomo Rizzolatti. Estas neuronas se activan tanto cuando realizamos una acción como cuando vemos a otra persona realizarla, y son la base biológica de nuestra capacidad de conectar con los demás.

Pero no trabajan solas. En la gestión de las habilidades empáticas participan varias regiones cerebrales: la corteza cingulada anterior, la ínsula y la corteza prefrontal. Cada una aporta una pieza distinta del proceso, desde la detección del dolor ajeno hasta la regulación de nuestra propia respuesta emocional.
La imaginación, el motor oculto de la empatía
Aquí llega el hallazgo más llamativo del estudio de McGill: cuando se trata de evocar empatía, la imaginación es más poderosa de lo que los científicos suponían.
«La empatía es la capacidad de comprender la situación de otra persona, y es vital para los comportamientos prosociales», señala Signy Sheldon, profesora de Psicología de la Universidad McGill y coautora del trabajo. Las conductas prosociales son aquellas que benefician a otras personas o animales antes que a uno mismo, como el altruismo o la cooperación.

«Sin embargo, sabemos que la empatía no es solo una cosa: podemos experimentarla de maneras muy distintas, ya sea como una angustia personal o como una preocupación compasiva por un tercero», añade Sheldon. Hasta ahora, la investigación se había centrado en cómo imaginar que ayudamos a alguien fomenta la compasión, pero no en cómo imaginar la situación del otro (nuestra primera reacción mental) afecta a la empatía.
El experimento: qué pasa en tu cabeza cuando un amigo sufre
Si te enteras de que un amigo ha perdido a un ser querido o de que le han robado el coche a un vecino, ¿qué pasa por tu cabeza? ¿Asumes su dolor como propio o sientes preocupación y compasión desde fuera?
Para responderlo, el equipo de McGill realizó tres experimentos online en los que pidió a los participantes que se visualizaran de verdad en el lugar de otra persona. El resultado fue claro:
«Nuestros experimentos revelaron que cuando las personas simulaban escenarios angustiosos de otros individuos, sentían mucha más angustia personal que cuando no se simulaban estos escenarios. Curiosamente, también descubrimos que imaginar estos escenarios de esa manera aumentaba la disposición a ayudar a ese individuo»
Signy Sheldon, profesora de Psicología de la Universidad McGill (Canadá).
Es decir: cuando imaginamos vívidamente los problemas de otra persona, sentimos más su dolor y eso nos empuja a echar una mano. La angustia personal, lejos de paralizarnos, puede actuar como catalizador de la ayuda.
Por qué la empatía se puede entrenar (y qué tiene que ver la memoria)
Como imaginar situaciones ajenas está vinculado a la memoria episódica (la que almacena nuestras experiencias personales), el hallazgo abre una vía de investigación sobre la relación entre memoria y empatía. Quien recuerda con más detalle, quizá también empatiza con más intensidad.

Hay más buenas noticias. La empatía puede estar condicionada por factores genéticos y ambientales, pero no es una lotería cerrada: la plasticidad neuronal permite que el cerebro se adapte y cambie en respuesta a las experiencias. Nuestras interacciones sociales moldean, literalmente, nuestra capacidad empática. Por eso la empatía se puede aprender y cultivar a cualquier edad.
Un último matiz importante: ser empático no significa estar de acuerdo con la otra persona ni compartir sus opiniones. Significa entender y reconocer sus sentimientos. Y si buscas inspiración para ponerlo en práctica, aquí tienes las 30 mejores frases de empatía de psicólogos, filósofos y grandes pensadores.

