Eso que no soportas de otra persona quizá no sea tan distinto de ti: puede ser, precisamente, la parte de ti que aprendiste a esconder. Carl Jung la llamó la sombra, y reconocerla no solo apaga la irritación: puede devolverte algo que enterraste por el camino.
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Estás con amigos y uno de ellos hace algo que te saca de quicio. No sabrías explicar del todo por qué te molesta tanto, pero (lejos de mostrar tus emociones y señalar el motivo de tu enfado) la irritación se te queda dentro el resto del día. Y entonces, días después, alguien cercano te señala ese mismo comportamiento, pero en ti. Lo niegas casi por reflejo: tú no eres así. ¿O sí? Casi todos hemos pasado por ahí. En psicología y psiquiatría, esa reacción desproporcionada no es solo un mal rato: es una pista sobre lo que llevas dentro y no quieres mirar.
Nada nuevo bajo el sol, podría añadir, porque esta idea lejos de ser nueva ya la subrayó en su día Carl Jung. «Todo lo que nos irrita de otros nos lleva a un entendimiento de nosotros mismos», escribió Carl Gustav Jung, fundador de la psicología analítica, en Recuerdos, sueños, pensamientos, el libro de memorias que dictó al final de su vida. Suena a paradoja: ¿cómo va a revelar algo de mí aquello que me molesta de otra persona? La respuesta está en un concepto que Jung dedicó décadas a perfilar y que explica, precisamente, por qué reaccionamos así.
Qué es la sombra (y por qué nunca desaparece)
Carl Gustav Jung observó que cuando algo de otra persona nos irrita con especial intensidad, a menudo estamos reconociendo, sin darnos cuenta, algo que también vive en nosotros. A esa parte enterrada la llamó la sombra: el conjunto de rasgos que en algún momento decidimos que «no van con nosotros», ya fuera por educación, por miedo al rechazo o por pura supervivencia social.

«Todo el mundo tiene una sombra, y cuanto más oculta está de la vida consciente del individuo, más negra y más densa es.»- Carl Gustav Jung, Psicología y religión (1938)
Según Jung, la sombra no aparece de golpe: se construye desde la infancia, cada vez que aprendemos qué comportamientos se premian y cuáles se castigan. Casi un siglo después, el concepto sigue presente en terapia, aunque hoy se le den otros nombres.
Por qué lo que te molesta del otro habla de ti
El mecanismo es el de la proyección: atribuimos a los demás lo que rechazamos en nosotros mismos. Piensa en el compañero que te irrita porque pone límites y dice que no a todo; quizá lleves años sin atreverte a decir que no. O en quien critica sin parar a los que buscan protagonismo, cuando en realidad esconde su propio deseo de ser visto. No siempre funciona así, pero merece la pena preguntárselo.

Samuel Durán (@samuelduranpsicologo), psicólogo especializado en relaciones personales y trastornos de ansiedad, lo resume así: «hay rasgos de nosotros mismos que están castigados, lo que ocurre es que, cuando se detectan en otras personas, nuestra cabeza automáticamente los rechaza». Aunque la psicología actual no use el término sombra, Durán reconoce el patrón sobre todo en consultas de pareja y en entornos laborales.
Las señales de que tu sombra está actuando
Cuando no la miramos, la sombra opera por su cuenta. Jung lo expresó con una idea que se ha vuelto célebre: lo que no hacemos consciente acaba dirigiendo nuestra vida, y a eso lo llamamos destino. Hay señales concretas de que está en marcha, y aparecen en situaciones cotidianas:
- Reacciones del tipo «no puedo creer que hiciera eso», repetidas con distintas personas.
- Impulsos de los que después te arrepientes.
- Enfados desproporcionados ante errores ajenos.
La tendencia natural, cuando aparecen, es justificarse y echar la culpa al otro. Lo que propuso Jung y lo que los profesionales siguen trasladando en consulta, es hacer una pausa y preguntarse si esa irritación tan intensa señala algo propio que llevas tiempo sin querer ver.
Cómo se trabaja la sombra (y qué recuperas al hacerlo)
Trabajar esta parte de uno mismo empieza por reconocer que existe y dejar de gastar energía en negarla. Durán recomienda esa introspección porque «ayuda a hacer las paces contigo mismo», y matiza algo importante: la sombra no es sinónimo de maldad. «No necesariamente estás reprimiendo algo que sea malo para los demás», apunta.

Ahí está la parte menos evidente del trabajo. Si durante años te han repetido que tu ambición es egoísmo, o que tu carácter fuerte es un defecto, acabas enterrando esas cualidades en la sombra. Y luego las rechazas cuando las ves en otros. Por eso, según Durán, parte del proceso consiste en aprender a poner límites a quienes nos marcaron como negativo algo que no lo era, y recuperar esas capacidades.
¿Por dónde empieza alguien que nunca ha hecho terapia? «El principio está en darse cuenta y hacerse las preguntas correctas», responde Durán. Por ejemplo: ese comportamiento que te irrita, ¿te recuerda a algún momento de tu vida?, ¿a una persona concreta? Es, en el fondo, la misma invitación que lanza el analista junguiano James Hollis: preguntarse de dónde vienen esos comportamientos y de qué tratan.
El espejo incómodo
Quizá la clave esté justo ahí. Como recuerda Durán, «muchas veces nos creemos un poco egocéntricos y olvidamos que las personas funcionan de forma muy parecida a la nuestra». Lo que tanto te molesta del otro pocas veces es lo lejano que te resulta. Suele ser lo cerca que te queda.

