«Michael», el biopic del Rey del Pop, llega a los cines con polémica: olvida a Janet Jackson, esquiva los escándalos y decepciona a los fans.
Ir al cine esperando encontrar al Michael Jackson de verdad y salir con la sensación de haber visto un videoclip alargado durante dos horas. Esa es la bofetada que deja «Michael», el biopic de Michael Jackson dirigido por Antoine Fuqua que lleva semanas copando las carteleras y generando conversación en redes. La película, producida por Optimum Productions (la antigua compañía del cantante) y con los hermanos Jackson como productores ejecutivos, tenía todos los ingredientes para convertirse en un retrato honesto. Y sin embargo, lo que llega a la pantalla parece más una lista de reproducción filmada que una película con alma.

El guion de John Logan recorre la vida de Michael desde 1966 hasta 1988 con una prisa difícil de justificar. Los 127 minutos de metraje saltan de un acontecimiento a otro sin dejar respirar al espectador, como si alguien pasara las páginas de un álbum de recortes a toda velocidad. Jaafar Jackson, sobrino del cantante, hace lo que puede con el papel y tiene momentos realmente conmovedores, sobre todo cuando Michael decide operarse la nariz para parecerse a Peter Pan, su personaje favorito. Ahí se intuye el dolor de un hombre que nunca pudo ser niño.
Michael, una película con demasiados silencios
Lo más grave de «Michael» es lo que elige ignorar. Janet Jackson directamente no existe en esta versión de la familia. Los problemas legales del cantante se esquivan con una cobardía narrativa que resulta incómoda. Sus hermanos aparecen como figurantes sin personalidad propia, y uno termina la película sin saber con cuál se llevaba mejor, con cuál discutía o con cuál compartía confidencias. Esos detalles humanos, los que construyen a una persona de carne y hueso, brillan por su ausencia.

El actor Colman Domingo queda atrapado en una caricatura. Su Joe Jackson es un monstruo plano, sin matices, y eso le hace un flaco favor a toda la película. Porque si el padre es solo un villano de cartón, el sufrimiento de Michael pierde profundidad. Nia Long como Katherine, la madre, tampoco tiene margen para construir algo más allá de la mujer que mira y calla.
Fuqua convierte a Michael en víctima permanente, y ahí está el problema. El cantante sufrió cosas terribles, desde el maltrato paterno hasta el accidente del rodaje del anuncio de Pepsi, pero reducirlo a eso lo despoja de opiniones, defectos y personalidad. El chimpancé Bubbles, las jirafas, la serpiente, los juguetes repartidos por Neverland aparecen en pantalla como material para el chiste fácil, cuando en realidad eran señales de alguien pidiendo ayuda a gritos.

Las canciones salvan algunas escenas, claro. Escuchar «Billie Jean» o «Beat It» en una sala de cine siempre va a funcionar. Pero incluso ahí Fuqua falla: la cámara se aleja justo cuando debería quedarse pegada a los pies de Michael, haciendo panorámicas innecesarias sobre el público que anulan la magia del baile. Algo que, irónicamente, el propio cantante reprende a un cámara en una escena de la propia película.
Al final queda la sensación de haber visto un producto diseñado para no molestar a nadie, aprobado punto por punto por los herederos. Merece más la pena revisar los videoclips originales o la miniserie de los Jackson que tragarse estas recreaciones tan pulidas como vacías. Michael Jackson se merecía una película valiente. Esta no lo es.

