Zanzíbar: la joya africana del índico

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Texto e imágenes por Marco Llorente

Costas cristalinas, hogueras en arenas blancas y tambores que resuenan en el horizonte. Esta isla de Tanzania, de naturaleza salvaje, impresionantes parajes, masáis y vibrantes atardeceres promete quedarse grabada para siempre en tu corazón si te atreves a visitarla.

Había una vez un archipiélago en la costa oriental africana que se convirtió en lugar de paso para comerciantes de Arabia, India y África. Sus habitantes, ya asentados desde hace más de 20.000 años, ofrecían un puerto seguro para aquellos transeúntes que paraban.

La principal isla Unguja, o lo que se conoce hoy como Zanzíbar, fue ocupada por los Portugueses, pioneros en el control de estas islas. Luego llegaron los persas y más tarde se convirtió en parte de las posesiones del sultanato de Omán, a quien se le atribuye la explotación del terreno con las plantaciones de distintas especias y el tráfico de marfil. Zanzíbar pasó entonces a conocerse como la “Isla de las especias”.

Este edén de plantaciones y exóticos parajes pronto resultó de interés al imperio británico, que tras colonizarlo, hizo de esta isla el principal mercado de esclavos de África oriental. Más de 50.000 esclavos pasaban al año por los mercados de la ciudad antes de ser vendidos.

Todo este conglomerado de sultanes, generales, esclavos y especias se detuvo cuando se consiguió la independencia en 1964, convirtiendo a la isla en ese enclave idílico de culturas y naturaleza que premian a todos los visitantes que aterrizan en ella en busca de calma y paz.

Stone Town y la provincia del oeste

Stone Town es como la rosa bonita del jardín, hay que verla y olerla. Por sus calles se respira historia y arquitectura, sabor y música. La torre del reloj de la Casa de las Maravillas vigila esta ciudad fundada por los portugueses con su fuerte de piedra, aun en pie. La capital de la isla, patrimonio de la Humanidad, agoniza en su caos pero resiste. Una prueba de ello es su escalofriante memorial a los esclavos junto a la catedral anglicana, desde donde se comprende que esta ciudad no lo ha tenido fácil.

Otra prueba del bagaje cultural de esta ciudad es la Catedral de San José, de estilo románico, influencia de los portugueses, desde donde también se divisa a escasos metros por la calle Gizenga el museo dedicado a Freddie Mercury. Personaje no muy alabado en Zanzíbar por su condición sexual. Alrededor de estas calles se extienden joyerías llenas de pulseras y anillos de tanzanitas, palacios coloniales como el increíble Dowh Palace o el restaurante Lukmaan, favorito entre los locales por sus platos y zumos de baobab.

Fuera de ruta y alejado del ajetreado centro de Stone Twon se encuentran el Bazaar Darajani de especias y el gran mercado de Mwanakwerekwe, lugar donde las compras de especias, ropa e incluso animales cobran un ritmo frenético, el cual no es apto para personas sosegadas. Aquí las revoluciones se aceleran para conseguir gangas, frutas traídas de la parte central de la isla o prendas de segunda mano a precios irrisorios. Para compensar esta ardua tarea, se puede reservar una mesa en la terraza del Africa House para contemplar la puesta del sol y, si el cuerpo lo pide, salir a bailar ritmos africanos al espectacular Bwawani Komba club.

Tras alguna negociación con los pescadores y unos 25 minutos de recorrido en barco, se llega a la excursión por antonomasia desde la capital, Prision Island, o lo que es lo mismo la isla de Bawe. Antigua prisión de esclavos abandonada, a partir de 1923 sus instalaciones fueron utilizadas para tener en cuarentena a las personas que eran tratadas de fiebre amarilla y otras enfermedades contagiosas.

En la actualidad, Prision Island es un albergue de tortugas centenarias, dignas de su ocupación donde los visitantes pueden alimentarlas y tocarlas. En la isla vecina se halla lo que para muchos es el mejor banco de arena del país, Nakupenda, un santuario de arena blanca en el que descansar hasta que el pescador quiera regresar a la ciudad.

Sin salir de la provincia, hacia el sur, está Fumba, lugar de peregrinaje para realizar el Safari Blue, la alternativa marina del Serenguetti donde poder disfrutar de una reserva de bancos de peces y corales con más de 200 especies. Es parada obligatoria, en el mismo archipiélago, la isla de Kwale donde la variedad de especies de peces que rodea a la isla, hace de sus restaurantes en la misma arena el mejor enclave donde degustar unas sabrosas langostas y unos pargos a la parrilla.

Nungwi y la provincia del norte

El norte de Zanzíbar es especial, vibrante y bullicioso. Cabe destacar que fueron los primeros territorios donde se asentó el turismo, las cadenas hoteleras y las primeras propiedades compradas por extranjeros. En este lugar de encuentro se sitúa el pueblo Nungwi, una pequeña y ajetreada aldea de pescadores que también destaca por la construcción de los veleros de madera típicos de la zona dhows. Además del pueblo la playa de Nungwi es calificada como una de las mejores playas de la isla, aquí sus barcazas varadas durante la bajamar se convierten en un espectáculo visual y un festival para amantes de la fotografía.

En esta provincia se pueden probar cientos de platos y la oferta combina la cocina suahili, persa, portuguesa y árabe. Si se desea conocer a fondo la cocina y adentrarse en los fuegos, el alabado chef Rose Mocha recibe a curiosos en su taller de cocina Mosha Cookery School donde cuenta sus recetas familiares, a base de hierbas, vegetales y especias de la zona: clavo, berenjena, lichis y vainilla.

La hermana pequeña de Nungwi es la localidad de Kendwa, de menor tamaño, pero se llena de los turistas más jóvenes debido a la gran oferta hotelera y su ocio nocturno. En esta animada localidad las honeymoons y las full-moon parties están a la orden del día.

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Continuando por la sinuosa carretera que baja hacia el sur por la costa oeste, plagada de plantaciones de palmeras, árboles de mango y granjas de especias, se llega a las localidades de Kigomani y Matemmwe. Aquí la vida es más pausada y tranquila, con aires de pasado y con pequeños hoteles boutique de arquitectura tradicional. Merece una mención especial que desde aquí se puede llegar en barco privado a lo que muchos llaman la isla del Millonario. Se llama así a Mnemba, la exclusiva isla de propiedad privada con solo 500 metros de diámetro y 1,5 km de circunferencia, comprada hace años en secreto por el magnate Bill Gates, donde se encuentra un exclusivo y prohibitivo hotel. Mnemba es el sitio perfecto para buceo con gran variedad de coral y avistamientos ocasionales de delfines y grandes especies marinas entre septiembre y octubre.

A escasos 10 kilómetros de Matemwe, se encuentra el bosque y la playa de Kiwengwa. En el bosque se pueden encontrar grutas de piedra y de senderismo perfectas para los amantes de la naturaleza y la exploración. En la playa del mismo nombre, además de las aguas turquesas y la arena blanca (denominador común de la isla) se abre paso una de las mayores industrias del país, la recolección de algas. El mimo y el acompasado trabajo manual bajo el agua, trata de cuidar esta fuente de ingresos tan rentable para Zanzíbar. La exportación de algas de Zanzíbar se inició en la década de los 30 cuando primeramente se exportó a Francia y EE.UU. una variedad de alga roja que vive de forma natural alrededor de la isla. Hoy en día estas algas son el principal ingrediente para la industria alimentaria y farmacéutica, utilizadas como componente base para muchas cremas, perfumes o champús. Las mujeres son las principales recolectoras de algas y el ritmo de las mareas en esta zona de la isla determina esta economía doméstica, ya que en este trabajo nadie pasa lista ni hay patrones. El espectáculo empieza cuando se secan al sol en la playa.

La región del sur: Paje y la bahía de Chwaka

La región del sur de la isla es la más extensa de todas y la más heterogénea. En líneas generales es una zona tranquila y placentera donde nadie es molestado y se premia la calma. La ciudad más grande de esta región, Paje, ofrece al que la visita un pequeño paraje sin pretensiones. Tiene playa, sí, espectacular y salvaje, distinta a las del norte aunque más influenciada por las mareas, lo que hace que el trazo de su playa se reduzca o agrande en varios kilómetros. En Paje, además de su playa de aguas color turquesa y porque no, color tanzanita, también hay infinidad de puestos en los que se venden los kangas, prenda que visten las mujeres y algunos hombres de prints con motivos naturales y colores vivos en los que en su lado más largo llevan escrito un jina, mensaje a modo de proverbio generalmente en suahili. 

Cerca de Paje se sitúa la espectacular cueva Kuze. Casi escondida, esta cueva de roca caliza ofrece un agua fresca y más fría que la que puedes encontrar en las playas mencionadas anteriormente. El baño en este oasis subterráneo es idílico, ya que con un poco de suerte se atreven a saludar a los bañistas los simpáticos gálagos en las horas con menos luz solar.

La escasa construcción en esta zona ha permitido mantener la fauna y la flora de la isla en la parte central de la provincia. Y es que en esta zona se encuentran los dos bosques más grandes y mejor preservados: el bosque de Muyuni y el bosque de Jozani. Recorrer estos bosques -mejor con guía- es una grata experiencia para aquellos que han desistido ya de tomar el sol. El clima húmedo y el espeso follaje hacen de esta selva el refugio perfecto para los monos colobos rojos, en peligro de extinción. Estos macacos, símbolo de la isla, no superan los 2.500 ejemplares y comparten hábitat con ardillas, serpientes, geckos y un amplio abanico de distintas especies de mariposas, otro atractivo de estos bosques.

No menos atractivas resultan las excursiones por la bahía de Menai, salpicada por más de 30 islas y atolones de arena en los que desconectar y pasar una jornada en el mar. Un paseo en dhow por ellas puede ser el plan perfecto de relax, ya que aquí la presencia humana se reduce al patrón de la embarcación y a unos pequeños toldos para proteger a los individuos que ponen pie en estos parajes. No se necesita nada más para disfrutar de una jornada que sin lugar a duda será difícil de olvidar.

Difícil de olvidar o por lo menos, de superar es el lujo y el confort que ofrecen los hoteles de esta zona. En concreto los de la compañía The Zanzibar Collection, compañía hotelera privada situada en la playa de Bwejuu, de las más paradisiacas de la isla. The Breezes, The Palms, Zawadi y el grandioso Baraza son los 4 hoteles que forman este mosaico, donde el lujo es el factor común y el bienestar de los huéspedes regla general. Es parada obligatoria realizar un masaje o tratamiento en el spa del hotel Baraza, votado entre los nómadas más sibaritas como el mejor de África o probar las recetas del restaurante del hotel Zawadi, elaboradas con productos de la huerta que el propio hotel tiene en sus instalaciones.

Acercarse a la bahía de Chwaka tiene su recompensa. Ya que aquí se encuentran las mejores puestas de sol de la isla. Un restaurante en concreto, Kae Funk tiene un curioso ambiente que admira los distintos rituales y danzas alrededor de una hoguera cuando el sol se pone. En esta bahía, además se divisa una costa más inusual y salvaje que el resto. Los manglares llegan hasta el mar y las palmeras crecen desde la orilla. Bien merecida es la visita al pueblo que da nombre a la bahía, Chwaka.

El mercado de pescado de este pueblo es transitado por centenares de personas en busca de peces y marisco recién pescado en la bahía, a veces llegados desde la otra punta de la isla. Las postales que este sitio ofrece serán sin lugar a duda algo que no se podrá borrar de la retina. También un enclave inolvidable de la zona es el restaurante The Rock, donde dejarse ver y ser visto. Regentado por europeos con aire boho. Unas vistas inigualables y un acceso inusual, ya que a veces es necesario llegar en barca si la marea está alta.

Zanzíbar tiene su ritmo propio, probablemente marcado por los festivales de música y cine que acontecen en el mes de febrero. Sus habitantes olvidan el pasado y canturrean “no hay problema”.

Siempre se anhela lo que no se tiene: una isla, una palmera, una hamaca, una sonrisa, un poco de diversión y espontaneidad. Zanzíbar tiene eso y mucho más.

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