Artículo publicado originalmente en el número impreso de Rísbel Magazine 14, verano 2020

Conocida y reconocida mundialmente por sus maravillosas playas de aguas cristalinas, que nada tienen que envidiar a las de las paradisíacas islas de los Mares del Sur, Formentera es un pequeño paraíso natural suspendido en las tranquilas aguas del Mare Nostrum. Una isla que cautiva por la rutilante belleza de su salvaje paisaje y que también sorprende en su interior. Pintorescas poblaciones –como Sant Francesc o El Pilar de Mola, con su mercadillo, pura bohemia hippy–, faros, torres y molinos, lagos y salinas, grutas y cuevas ocultas, bellos bosques de sabinas y pinos que se alternan con dunas y formaciones rocosas de caprichosas formas. Formentera enamora.

Tranquila de espíritu (por la paz que destila) pero salvaje de cuerpo (su agreste escenografía natural). Así podría describirse, a grandes rasgos, la cuarta isla en tamaño y población del archipiélago balear después de Mallorca, Menorca e Ibiza. Una isla a la que muchos han definido como ‘el último paraíso del Mediterráneo’ por el distanciamiento casi brechtiano del mundanal ruido que le proporciona el ser accesible solo por mar (carece de aeropuerto), lo que la ha preservado del turismo masivo. Ello,  unido a una acertadamente controlada oferta hotelera y una política sostenible –como la restricción durante julio y agosto de la entrada a vehículos particulares por vía marítima– la ha convertido, en buena parte, en una ‘isla de paso’ por las excursiones diarias de ida y vuelta desde Ibiza. Un factor que ha beneficiado a quienes optan por pernoctar en ella varios días a fin de descubrirla más profundamente, quedándose impregnados de su mágica luz y su color, de su paisaje árido pero cautivador. Una isla capaz de atraer al visitante primerizo como aquellos mágicos cánticos de sirena atrajeron a Ulises en su retorno a Ítaca. Un oasis de melancolía descubierto para muchos gracias al cine, con películas como la sensual ‘Lucía y el sexo’, dirigida en 2001 por Julio Medem.

Una vez en ella, el eterno dilema: ¿Bici o moto? El mismo que se planteaba Lucía (Paz Vega) nada más desembarcar en Formentera, la hermana menor pitiusa (‘isla de pinos’, según los griegos) de Ibiza. Y es que sus reducidas dimensiones –apenas 83,2 km2 de superficie y 69 kilómetros de litoral la convierten en muy manejable. Como afirmaba Carlos (Daniel Freire), otro de los protagonistas del filme: “Aquí uno enseguida se hace a todo; es una isla muy fácil”.

Un poco de historia

El sepulcro megalítico de Ca Na Costa, semioculto en un rincón del Estany Pudent, entre Ses Salines y Es Pujols, certifica la primera presencia humana en la isla en la llamada Edad de Bronce, a finales del tercer milenio a.C. Posteriormente, Formentera ha visto desfilar por ella a las más variadas civilizaciones del Mediterráneo –griega, fenicia, cartaginesa, romana (de cuyo paso queda el Castellum de Can Blai, cerca de Es Caló), árabe…– hasta que fue conquistada en 1253 por las tropas catalanas de Guillermo de Montgrí. Pero el peligro de ser tierra fronteriza entre el Cristianismo y el Islam ahuyentó a muchos de sus pobladores lo que, unido a una epidemia de peste, la dejó semi deshabitada en el siglo XIV. Durante los tres siglos posteriores, la menor de las Pitiusas fue ‘tierra de todos’… y de nadie. Hasta que en el siglo XVII el capitán Marc Ferrer solicitó del rey Carlos II que le cediera Formentera como compensación a una antigua afrenta, iniciándose un proceso de repoblación que derivó en el posterior auge de la isla, que está protegida por cinco torres de vigilancia o de defensa: Punta Prima (al norte, junto a Es Pujols), Garroveret (al sur, junto al cabo de Barbaria), Sa Gavina (al oeste, sobre Cala Saona), Pi des Català (en el centro, controlando la playa de Migjorn) y Espalmador (en el islote del mismo nombre).

La Savina, puerta de entrada

La puerta de entrada marítima a Formentera es La Savina, al noroeste de la isla. Un coqueto puerto donde varias veces al día atracan los ferrys procedentes de la vecina Ibiza –en un trayecto que apenas dura 35 minutos– o de la localidad alicantina de Dénia (de abril a octubre). Estos ferrys cohabitan con pequeñas barcas de pescadores y embarcaciones de recreto. En La Savina se encuentra gran parte de la oferta de servicios para iniciar el descubrimiento y disfrute de la isla.

La mayoría de visitantes lo primero que hace es enfilar la ruta norte hacia sus zona playera más venerada, Ses Illetes, la cuarta mejor playa de Europa y una de las mejores del mundo según el Tripadvisor Travellers’s Choice del pasado año. Para llegar a ella se atraviesa el angosto hilo de tierra que separa el mar Mediterráneo del Estany Pudent –laguna salada de 3 km2 de superficie, así bautizada por su mal olor­– donde suelen reposar bandadas de flamencos perfectamente alineadas, como en una parada militar. El extremo norte de esta laguna coincide con el desvío que, sorteando savinas retorcidas por el viento y pinos, conduce a Ses Illetes. Antes, la senda bordea Ses Salines. Siglos atrás, fueron la principal fuente de riqueza de la isla. Hoy día, fuera ya de explotación, lo son a nivel emocional en su calidad de Espacio Natural protegido, de gran valor ornitológico. Pasear por su laberíntico entramado de canales y ver reflejarse el sol al atardecer en su espejo salino son todo un espectáculo capaz de cautivar al observador más exigente.

Rumbo a Ses Illetes

El Molí des Carregador –uno de los varios que hay en Formentera, cuatro de ellos de viento– marca el inicio de Ses Illetes, una larga, llana y semidesértica lengua de arena y dunas. Las primeras calas son las más frecuentadas, pero a medida que uno avanza hacia Es Trucadors, su extremo más septentrional, devienen cada vez más solitarias, como en las que Lucía se entregaba al mar como Dios la trajo al mundo. Resulta curioso ponerse en medio de ellas y ver como –según sopla el viento– las olas agitan un lado mientras el opuesto mece dulcemente, cual piscina natural. Sus cristalinas aguas nada tienen que envidiar a los mitificados Mares del Sur, y solo su atrezzo es distinto. En lugar de palmeras y cocoteros hay un conglomerado de rocas erosionadas. Pero ahí radica precisamente su salvaje belleza. Ses Illetes mueren en Es Pas, donde el visitante puede recrearse en el turbio enfrentamiento natural de las corrientes de agua que separan Formentera de su islote ‘satélite’, s’Espalmador. Un pequeño ferry conecta a diario La Savina o Illetes con este rincón, aún más solitario.

A escasos 2,5 kilómetros de La Savina, hacia el interior, se llega a Sant Francesc, capital administrativa de la isla y sede del Ayuntamiento. Es, sin duda, el pueblo más ‘castizo’ de la isla, donde destaca la coqueta plaza de la Constitució, con su iglesia-fortaleza (del siglo XIV, ampliada en el siglo XVIII), el Museo Etnológico y una antigua reliquia arqueológica: la capilla de Sa Tanca Vella, del siglo XIV. Siguiendo otros 2,5 kilómetros se puede visitar Sant Ferran, segundo pueblo de interior, con su iglesia parroquial de finales del siglo XIX.

Una carretera secundaria de 9 kilómetros, que parte de Sant Francesc, lleva hasta el extremo sur de la isla. Los últimos 3 kilómetros, tras sortear la pequeña loma del Puig d’en Guillem, asemejan un paraje lunar, del que emerge poderosamente el Faro de Barbaria (de 17,50 metros de altura, inaugurado en 1971), vigía y luz del cabo del mismo nombre. Hacia allí veíamos dirigirse a Lucía en motocicleta, componiendo una de las más bucólicas escenas del filme. Los rotundos acantilados que lo arropan se transforman al atardecer en improvisados palcos desde donde contemplar cómo el sol se acuna en el horizonte marino hasta desaparecer dejando el cielo teñido de su rojiza estela. Una mágica puesta de sol en medio del más absoluto silencio por parte de las decenas de visitantes que a diario se dan cita. Aunque antes hay que cumplir con el ritual de buscar un pequeño agujero –¡y bajar por él, quien se atreva!– que conduce a una gruta natural abierta al mar, al borde del precipicio.

Playa de Cala Saona

La costa de Tramuntana a Es Mitjorn

Delimitando la playa de Tramuntana, en la costa norte, los pueblos de Es Pujols y Es Caló, separados por apenas 8 kilómetros, ofrecen los dos polos opuestos de la isla. Es Pujols, con un bullicioso Paseo Marítimo salpicado de restaurantes, bares, terrazas y tenderetes de artesanía, es el más turístico de los pueblos de Formentera y aglutina la mayor oferta hotelera, así como su más frenética vida nocturna. Su joya natural es Punta Prima, un rincón para perderse paseando rumbo al mar sobre una planicie rocosa, rematada en una afilada daga que penetra en el Mare Nostrum. Su antítesis es Es Caló. En la primera mitad del siglo XX fue un atractivo pueblo de mercaderias (madera, carbón…) y refugio de barcos de pesca. Hoy día, liberado de aquel ajetreo de antaño, se ha convertido en un plácido pueblecito de pescadores, adornado con vetustos embarcaderos donde dormitan los ‘llauds’, barcas tradicionales. Tan tranquilas como Es Caló son sus Platgetes, minúsculas calas de arena gruesa y piedra, ideales para la práctica del buceo, entre pececillos de colores.

 En la costa sur, Es Migjorn, se encuentra el arenal más largo de la isla, con 8 kilómetros de solitarias playas (Mal Pas, Valencians y, sobre todo, Es Arenals), aderezadas con rocas, que invitan a reflexivos paseos sin rumbo fijo, al arrullo de las olas que, sin apenas barreras coralinas que lo impidan, rompen en ellas.

Rumbo al techo de la isla

Apenas 18 kilómetros separan La Savina de El Pilar de la Mola, el pueblo más oriental. Es la carretera principal de Formentera, que cruza la isla por todo su interior. Tras dejar el desvío de Es Caló, la ruta inicia un notable ascenso en zigzag hasta la cima de Formentera, Sa Talaïassa, pese a que apenas tiene 192 metros de altitud sobre el nivel del mar, en el altiplano de la Mola, coronado por un coqueto pueblo: El Pilar. Aquí los miércoles y domingos por la tarde se instala el mayor y más variopinto mercadillo de la isla, con sabor a rastrillo: artesanía, bisutería, ropa, retratos, caricaturas, tatuajes… Pura bohemia hippy que en los años sesenta y setenta fue punto de encuentro de músicos como Pau Riba (uno de sus gurús) o los rockeros King Crimson, quienes compusieron para su álbum ‘Islands’ (1971) la mítica canción ‘Formentera Lady’. Los más ‘beatos’ podrán disfrutar de su bella iglesia, la Madre de Dios de El Pilar, consagrada en el siglo XVIII.

Antes que oscurezca es de obligada visita uno los molinos de viento, el Vell de la Mola (1778), que en los sesenta tuvo como ilustre huésped al mismísimo Bob Dylan. Y como guinda a esta ruta por Formentera, enfilar la infinita recta de 2 kilómetros que emboca en el otro faro de la sila, el de La Mola, que inspiró una de las mejores novelas de Julio Verne, ‘Hector Servadac’ (1877), como certifica una placa en honor al célebre escritor francés. Sus acantilados son el mejor palco para disfrutar del amanecer.

Una treintena de Rutas Verdes

No es casual que las bicicletas, además de las motos, reinen en la isla. Y es que Formentera tiene más kilómetros de Rutas Verdes, 100, que de carretera: 40 kilómetros, entre la general, que cruza la isla de oeste a este, y las cuatro secundarias. Estas Rutas están divididas en 32 circuitos de caminos entrelazados, de mayor o menor distancia, ideales para hacerse sobre dos ruedas… o incluso a pie. De ellos podemos destacar seis: Ses Illetes (1,9 kms), desde el Estany Pudent a Illetes, por un precioso camino entre dunas y pinares y Ses Salines; Estany des Peix (0,8 kms), junto a La Savina, bordeando la segunda laguna salada de la isla, reserva ecológica; S’Estany (2,7 kms), desde La Savina hasta Es Pujols, por la mitad meridional del Estany Pudent; Cala Saona (2,5 kms), desde Porto Salé hasta la mayor cala de poniente; Camí Vell de La Mola (3 kms), desde Sant Francesc a la Cova d’en Jeroni, entre la vegetación interior de la isla; y Sa Pujada (1,5 kms) también conocida como Camino Romano por su senda empedrada. Solo puede hacerse a pie y, partiendo de las afueras de Es Caló, lleva hasta La Mola, atravesando un bosque. En octubre suele realizarse cada año la Vuelta a Formentera en BTT, una prueba abierta a todos los ‘bikers’, que durante tres días recorre los lugares más significativos de la isla.

Su paraíso submarino

Más allá de lo que cualquier visitante puede ver y admirar sobre su superficie terrestre, Formentera atesora también una joya marina en sus profundidades: sus praderas de Posidonia Oceánica, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Esta planta marina ejerce una importante función en la filtración de los sedimentos, aportando transparencia a las aguas y manteniendo la calidad del ecosistema submarino, donde se alimentan y reproducen más de 400 especies de plantas marinas y un millar de especies animales. Pero la Posidonia Oceánica está en peligro de extinción, de ahí que Formentera lanzara un proyecto solidario de micro mecenazgo pionero en el Mediterráneo, el ‘Save Posidonia Project’, que consiste en apadrinar metros cuadrados de esta planta, a partir de 1 euro el metro cuadrado. Un proyecto que ha logrado ya apadrinar 251.052 metros cuadrados de los 76,5 millones de metros cuadrados de la Posidonia Oceánica.