Ernest Hemingway, entre París y España

Texto: Margarita Garbisu
Ilustración: SeungWon Hong

París era el centro del arte y de la cultura, procediera esta de donde procediera; todo sucedía en París

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Fue Gertrude Stein quien los definió como una “Generación perdida”: “Eso es lo que son ustedes. (…) Todos los jóvenes que sirvieron en la guerra. Son una generación perdida. (…) No le tienen respeto a nada. Se emborrachan hasta matarse”, le espetó un día cualquiera a Ernest Hemingway. Y tenía razón, o la tenía a medias; porque sí, fueron borrachos e irrespetuosos, pero fueron también una de las generaciones de escritores estadounidenses más grandes del pasado siglo.      

            Comenzaron su trayectoria en el lugar y el momento adecuados: el París de los años veinte. Allí acudieron desengañados por un mundo roto, tras una cruenta guerra mundial en la que algunos de ellos, como afirmaba Stein, habían participado. Desdeñaban, además, un país -el suyo- beato, puritano y abstemio, y seco también, literariamente hablando. Eran jóvenes y, con dólares en los bolsillos, se podían comer el mundo. Europa los esperaba.

            En París conocieron una literatura en ebullición, con las vanguardias aún en ciernes y autores alucinantes como el irlandés James Joyce uotros americanos que se les habían adelantado -Ezra Pound o la propia Stein- y que, desde París, supieron renovar la literatura en lengua inglesa y sacarla del letargo. París era el centro del arte y de la cultura, procediera esta de donde procediera; todo sucedía en París.

            Francis Scott Fitzgerald, Sherwood Anderson, Louis Bromfield, John Dos Passos fueron algunos de los integrantes de esta Generación perdida; y junto a ellos el ya citado Ernest Hemingway, figura con tanta grandeza como aureola: un vividor inconmensurable que supo disfrutar de la buena comida y el buen whisky, de las mujeres y los viajes, de la caza, la pesca y los toros; que amó el cine y las letras, que conoció de cerca la guerra  y que acabó  con su propia vida de un tiro de rifle en su rancho de Idaho. Ocurrió un 2 de julio de 1961, justo cuarenta años después de que desembarcara en París y llamara a la puerta de Miss Stein.

            Cuando llegó a la capital francesa, Hemingway era casi un perfecto desconocido. Trabajaba como corresponsal para el Star de Toronto y había publicado relatos sueltos en las revistas literarias de la época; todavía ninguna novela. Como a los demás, Stein le abrió su puerta, le invitó a las veladas culturales que organizaba cada sábado en su casa, y le brindó amistad y sabiduría. Le aconsejó pulir el lenguaje, simplificarlo, bajar el tono de sus textos. Y Hem (así le llamaban sus colegas) le hizo caso. Y comenzó a publicar.

            En esos años vio la luz En nuestro tiempo, una bella colección de relatos, y Fiesta, su primera novela y también una de sus primeras incursiones literarias en España, en Pamplona y sus sanfermines, muy presentes en la trama. Se publicó en 1926, tres años después de su primer viaje a la Península, que desde entonces empezó a amar, y el mismo año en que terminó su aventura parisina. Vino luego Adiós a las armas, una novela que resucitó las vivencias de Hemingway en el frente italiano durante la Gran Guerra y su historia de amor con Agnes, la enfermera que le supo dar cuidado y cariño cuando fue herido por mortero. La novela vio la luz, con gran éxito de público, en 1929, el año del crac económico.

            Para entonces Hemingway ya se había casado dos veces: en 1921 con Hadley Richardson, una dulce estadounidense que le siguió sin quejarse, pero de quien se separaría seis años después, seducido por la elegante, culta y sofisticada Pauline Pfeiffer; se casó con ella, apenas obtuvo el divorcio de su anterior unión, y con ella viajó en 1933 por el continente africano, en busca de elefantes, caza y aventuras. Fruto de esta experiencia surgió la novela Las verdes colinas de África, menos exitosa que las previas quizá porque no estaba el horno para bollos o no eran tiempos para safaris. Precisamente en 1933 comenzaba el desmoronamiento del mundo o la proyección del horror, con la subida de Hitler al poder y la sombra de una nueva guerra.

            Y la guerra llegó, pero primero a España, a la querida España de Hemingway. Y en 1937 el curtido reportero se trasladó a zona republicana para cubrir la contienda, y de su pluma y nuestra guerra no solo salieron bellas crónicas bélicas, sino también el documental La tierra española, una obra de teatro titulada La quinta columna y, sobre todo, Por quién doblan las campanas, la consagración del autor como novelista y exitazo de ventas con adaptación al cine incluida, nada menos que con Gary Cooper e Ingrid Bergman como protagonistas. Se la dedicó a Martha Gellhorn, una corresponsal estadounidense con tanta garra como coraje, de la que Hemingway se terminó de enamorar entre las bombas de Madrid y las máquinas de escribir del hotel Florida, cuartel general de la prensa extranjera durante la contienda civil. Se casaron en 1940 y se divorciaron cinco años después.

            A Hadley Richardosn le había dedicado Fiesta en aquellos otros tiempos para Hemingway: los tiempos de su primera novela, de su primer matrimonio, de su primer viaje a España; los tiempos felices de la década de los veinte, esos que rememoraría en París era una fiesta, una obra a caballo entre las memorias, la nostalgia y la crónica, que se publicó póstumamente, tres años después de su suicidio. Fue en esta obra donde recogió la conversación con Gertrude Stein, aquella en la que la escritora definió a Hemingway y sus borrachos e irrespetuosos colegas como una “Generación perdida”.

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Artículo publicado originalmente en el número impreso de Rísbel Magazine nº 14