Philippe Halsman, el escritor de la luz

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Texto: Armando Cerra

Como él mismo explicó, hay fotógrafos que dibujan con luz y otros escriben con ella. Los primeros crean imágenes hermosas. Los segundos quieren decir algo.

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Año 1956. Los Duques de Windsor se han citado con el famoso Philippe Halsman para realizar una sesión fotográfica. Se reúnen en una elegante habitación, pero sin excentricidades decorativas: un gran ramo de flores, un piano y tan solo un cuadro, pequeño aunque valioso. El mobiliario es funcional para que la pareja pose sentada ante la cámara. Se han vestido para la ocasión, con la inconfundible indumentaria propia de la corte británica. Todo de lo más convencional, lo que no impide que sea un encuentro muy agradable, ya que resulta que ese fotógrafo es un caballero tan educado como simpático.

Halsman les hace posar y les saca diversos retratos. Pero los aristócratas ignoran que todos esos disparos no son más que un mero calentamiento. Cuando el fotógrafo nota que sus modelos están confiados y relajados, prepara su ojo, el dedo y las lentes y les propone algo diferente. Lo dice con un acento difícilmente reconocible. Habla el inglés de quién vive en Estados Unidos pero se notan matices de un país del este, propio de su origen letón, a lo que se suman las huellas sonoras de años hablando francés con su esposa.

El tono es muy suave pero ese acento les hace dudar sobre la propuesta que han creído oír. ¿De verdad ha osado decirles que se descalcen y den un salto? Halsman se lo confirma y les confiesa que es la única foto que le interesa hacer. Los duques se miran y aceptan. Ambos han dado saltos mucho más difíciles en su vida, ya que su amor le costó ni más ni menos que el trono de Inglaterra a él y para ella supuso una mala fama indeleble. Así que, ¿por qué no saltar para la posteridad?

Por supuesto, Halsman no tiene intención de burlarse de ellos, ni de hacerles pasar un rato incómodo. ¡No! ¡Todo lo contrario! Su único propósito es captarlos tal y como son. El propio creador lo definía así: “En un salto, el protagonista, en una repentina explosión de energía, supera la gravedad. No puede controlar sus expresiones. La máscara se cae. La persona real se hace visible. Uno solo tiene que atraparlo con la cámara”. Tal teoría la aplicó en incontables ocasiones. Inmortalizó con los pies lejos del suelo a las más bellas de Hollywood, desde Audrey Hepburn hasta Sophia Loren o Shirley MacLaine. También brincaron para él los grandes cómicos, con imágenes impagables como el divertido abrazo en el aire entre Dean Martin y Jerry Lewis. Así como saltaron gentes del mundo de la literatura, las artes, los negocios e incluso la política, como una de las instantáneas más distendidas que se tienen del fallido Presidente Nixon.

Pocas personalidades se negaron a saltar para él. Entre las pocas excepciones estuvo una joven Marilyn. Cuando la retrató antes de que fuera un mito, ella se negó a posar en el aire. Tal vez porque no le gustaba su personalidad y era consciente de que eso precisamente es lo que iba a ser retratado. No obstante, a partir de ese primer encuentro, Halsman se iba a convertir en uno de los grandes retratistas de la Monroe. Por ejemplo, para el recuerdo son sus imágenes de la hermosa rubia sentada en el suelo, buscando la protección de un rincón de la habitación, mostrándose débil y seductora al mismo tiempo.  Ella no tenía problema en realizar este tipo de sesiones de fotos, pero en cambio, no se atrevía a dar el salto para Halsman. Rehusaba y rehusaba, hasta que por fin, en 1959 aceptó.

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Biografía Philippe Halsman

El resultado es memorable. Marilyn en un peculiar escorzo aéreo, agitando los flecos y las lentejuelas de su ceñido vestido negro. Se trata de una de las portadas más imitadas de la revista Life. Si bien no fue fácil. Tuvieron que hacer unos 200 saltos, incluso en alguno aparece el propio Halsman. Pero mereció la pena, porque al final lograron la excelencia visual. 

Se puede considerar que ese salto plasma el cenit de la carrera de Marilyn, que lamentablemente comenzó su particular declive personal hasta desembocar en el trágico suicidio de 1962. Sin embargo, para Halsman esta imagen fue otro hito en una carrera que seguía ascendiendo. Su producción era imparable, cada vez más original, y siempre de enorme calidad. Vista en perspectiva la obra de Philippe Halsman es la de uno de los más grandes fotógrafos del siglo XX.

Cuando nació en 1906 en el seno de una acomodada familia judía de Riga, en Letonia, nada hacía presagiar semejante evolución. Su biografía pronto se encaminó en otra dirección y estudió algo mucho más prosaico: ingeniería eléctrica. Una disciplina prometedora y con mucho porvenir en aquellos compases iniciales del siglo XX. Pero tales expectativas se truncaron de la forma más dramática posible. En 1928, la familia letona gozaba de unas vacaciones en los Alpes austriacos. Un buen día, Morduch Halsmann y su hijo Filips iniciaron una excursión por la montaña. Pero el padre nunca regresó. Tuvo un accidente mortal en el Tirol. Filips explicó una y mil veces el horrible suceso a las autoridades, pero nadie le escuchó, y mucho menos le creyeron. Algo lógico teniendo en cuenta el asfixiante ambiente antisemita de la época en los territorios de habla alemana.

Biografía Philippe Halsman

Cualquier asunto se transformaba en la excusa perfecta para desacreditar o arruinar a un judío. Así que al infortunio de quedarse huérfano de padre, Filips sumó una acusación de parricidio y un juicio rápido cuya sentencia fue una condena de 10 años en un presidio austriaco. Un auténtico escándalo que la hermana del futuro fotógrafo se encargó de airear.

Liouba Halsmann puso en marcha una campaña para dar a conocer la injusticia cometida con su familia. Aquello llegó a oídos de varias personalidades judías de renombre internacional. Hablamos del psicoanalista Sigmund Freud, del escritor Thomas Mann o del científico Albert Einstein. Estos y otros presionaron tanto a las autoridades austriacas que finalmente liberaron a Filips tras dos años de cautiverio.

Al ser libre, cumplió gustoso y de inmediato con la orden de abandonar Austria. En 1931 dejó atrás su pasado y se instaló en París. Literalmente comenzó una nueva vida. No solo cambió su nombre por el de Philippe y su apellido por el de Halsman. También cambió su profesión. Tomó una cámara de fotos y decidió vivir de ello. Rara vez habló de la trágica muerte paterna, ni del tiempo que pasó encerrado. Solo aprendió de aquello. Modificó su conducta y su modo de ver la vida. La existencia es algo volátil que hay que disfrutar con alegría y mucha valentía.

De eso nunca le faltó. Tras aprender de forma autodidacta la técnica de la fotografía en la capital francesa, su desparpajo le hizo presentarse ante la intelectualidad parisina con la intención de retratarlos. Y lo logró. Fotografió a André Gide, a Malraux, a Le Corbusier, a Marc Chagall, y a muchos otros. Allí comenzó a trabajar para revistas de primer nivel, desde Voilà hasta Vogue.

Ya nunca dejaría el mundo editorial. Al tiempo fue adquiriendo una cultura visual inmensa. Le gustaba estar al tanto de las últimas tendencias creativas y hacer sus singulares experimentos. No tardó en presentar su primera exposición en el Barrio Latino e incluso diseñó su propia cámara de doble objetivo, concebida en exclusiva para su concepto del retrato.

Se estaba ganando un prestigio, un nombre y no cesaba de innovar en sus puestas en escena, siempre ideadas para indagar en el retrato psicológico. Porque él siempre quiso contar algo con sus imágenes. De hecho, tiempo después explicó que diferenciaba entre dos tipos de fotógrafos. Los hay que dibujan con luz y otros escriben con ella. Los primeros crean imágenes hermosas. Los segundos quieren decir algo. Él deseaba ser un escritor de la luz.

Y lo estaba consiguiendo. Sin embargo, llegó 1940 y el antisemitismo se había adueñado de todo el continente. Debía huir de París. Se había casado con una fotógrafa francesa, Yvonne  Moser, y el año anterior habían tenido su primera niña. Pero debían huir. A Yvonne y la pequeña Irene, con nacionalidad francesa, les fue fácil viajar hasta su destino, Estados Unidos. Pero Philippe era letón y no le iba ser tan sencillo abandonar Europa.

Entonces, vuelve a aparecer la figura de Einstein. El científico asentado en la Universidad de Princeton, le hizo llegar una solicitud a la mismísima Primera Dama Eleanor Roosevelt para que su país acogiera a Halsman. Unas gestiones que afortunadamente permitieron su llegada a Nueva York en 1941.

Al desembarcar en la Gran Manzana era un completo desconocido. Tan solo llevaba consigo su cámara y unas pocas fotos de las que había hecho. Aunque quizás lo más importante de su equipaje era el carácter valiente, alegre y dispuesto a adaptarse a las nuevas situaciones gracias a su creatividad y su temperamento innovador. Algo que pronto le hizo despuntar.

Le hizo una sesión a la modelo Connie Ford, recortando su rostro sobre las barras y estrellas de la bandera yankee. Una composición que le servía para jugar con sus habituales postproducciones en el revelado y el estudio. En este caso dejó destacado el rojo de la bandera y el carmín de la mujer. La potencia de la imagen captó el interés de la firma Elizabeth Arden, quienes la usaron en su campaña de labiales. Ese fue el despegue de su carrera en América.

También es una muestra de cómo trabajaba Halsman. Siempre innovando. Antes de que existiera el Photoshop, él ya jugaba con las capas de color en los revelados de sus fotos. Un proceso creativo genial que comenzaba mucho antes de disparar. Tal y como dijo: “la cabeza del fotógrafo es más importante que su cámara”. En esa cabeza bullían los encuadres más atrevidos, las escenografías más teatrales, todo tipo de efectismos para sorprender. Por eso, pocos meses después de llegar a Estados Unidos, la revista Life le encargó sus primeros reportajes, y no tardó en llegar la primera portada. La primera de las 101 que realizó a lo largo de los años. Nadie ha firmado tantas portadas en la revista ilustrada por antonomasia.

La publicación le encargó desde los años 40 retratar todas las estrellas de cine. Ante él posaron Humphrey Bogar, Rita Hayworth, Sinatra, Ingrid Bergman, Cary Grant, Grace Kelly, Groucho Marx, Marlon Brando… la lista es interminable y acapara varias décadas de historia del mejor cine, llegando a retratar a Clint Eastwood tras su mítico Magnum 44 o a Woody Allen con sus icónicas gafas de pasta.

Este tipo de retratos siempre le fascinó. Esos y los de otros muchos personajes, desde Mohammed Ali hasta el ajedrecista Bobby Fischer, pasando por el escritor Jean Cocteau, el pintor Picasso o políticos como Winston Churchill. Y por supuesto le hizo un maravilloso retrato en 1970 al que antaño había sido su ángel de la guarda en un par de ocasiones. Creó una de las fotos más brillantes que se conocen de Albert Einstein para la portada de la revista Time, en la que el famoso físico alemán aparece sacando la lengua.

Biografía Philippe Halsman

Este tipo de retratos siempre le fascinó. Esos y los de otros muchos personajes, desde Mohammed Ali hasta el ajedrecista Bobby Fischer, pasando por el escritor Jean Cocteau, el pintor Picasso o políticos como Winston Churchill. Y por supuesto le hizo un maravilloso retrato en 1970 al que antaño había sido su ángel de la guarda en un par de ocasiones. Creó una de las fotos más brillantes que se conocen de Albert Einstein para la portada de la revista Time, en la que el famoso físico alemán aparece sacando la lengua.

Miles de retratos que fueron un campo perfecto para todo tipo de investigaciones gráficas y para aplicar el humor en sus imágenes. Una de sus frases más célebres es “la fotografía es una profesión seria, pero uno también puede pasárselo bien”. Fruto de ello son sus visuales espectaculares como el rostro soplando de Louis Armstrong al final de su trompeta, en una divertida perspectiva. O la foto de Alfred Hichtcock fumando un puro con un cuervo apoyado en la punta del cigarro que sirvió para la promoción de la película Los Pájaros. Eso por no hablar de la recordada serie de retratos que le hizo a Dalí, y especialmente a su bigote.

Con el pintor español colaboró durante más de 30 años, prácticamente hasta la muerte del fotógrafo en 1979. Fue una relación de lo más fructífera para ambos. Los dos aprendieron mutuamente del concepto de espectáculo. Algo que Halsman aplicó a todos sus trabajos. Era consciente de que la fotografía era un arte joven y que debía competir con todos los recursos posibles para sorprender. Siempre sorprender. Llamar la atención. De ahí sus grandes innovaciones técnicas y artísticas, sus llamativas puestas en escena, los saltos de su serie Jump o sus imágenes más personales y surrealistas.

Un fotógrafo de una imaginación soberbia que derrochó creatividad para sobrevivir a todo tipo de situaciones vitales y profesionales. Por ejemplo, sabía que para su trabajo, el auge de un medio de comunicación como la televisión era una auténtica amenaza. Pero eso no le achantó. Solo había una solución: ser original gracias a su fantasía y una técnica exquisita. Experimentaba y se arriesgaba, buscaba lo nuevo, lo nunca visto, el impacto inmediato.

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