El desfile de Balmain para el otoño‑invierno 2021‑2022 aparece envuelto en un aire de escapada. Olivier Rousteing lo filmó dentro de un hangar en Charles de Gaulle, junto a un Boeing de Air France. Esa imagen basta para sentir cómo la moda puede ser un boleto hacia donde queremos ir. Los tejidos se llenan de funcionalidad: parachute‑silk, materiales acolchados y lonas con aire técnico, como si cada chaqueta o abrigo pudiera despegar sin aviso. Los colores, en cambio, hablan en clave más real: caquis, naranjas apagados, plateados de traje espacial, toques de neón que despiertan justo lo suficiente.
Hay accesorios que susurran historias de viaje. Collares que parecen almohadas de cuello, bisutería con brújulas que parecen señalar el bar, tu amante o el camino a casa. Pins con avioncitos de papel que podrían ser maletas diminutas. Balmain convierte un objeto utilitario en una pequeña sonrisa visual.
Con cada paso, la ropa cambia de atmósfera. Primero parece que caminas por la cabina de un vuelo clásico: bomber jackets, botas de cordones robustos, monos utilitarios. Luego bajas al asfalto de aeropuerto: abrigos amplios, pantalones profusamente bolsilleros, rayas marineras discretas, monogramas modernos… Y finalmente, te imaginas dando los últimos pasos hacia la luna: plata brillante, siluetas metálicas, detalles técnicos que evocan trajes espaciales ampliables.
El hilo que une todo es ese deseo de movimiento: de salir de lo conocido, cruzar fronteras internas incluso cuando viajar es casi una fantasía. Los materiales técnicos, los brillos inesperados, los volúmenes prácticos y los accesorios con guiños de ánimo hacen que la colección respire esperanza, energía real y ganas de reencontrarnos.
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