Texto: Margarita Garbisu
Ilustración: Mario Paul para Rísbel Magazine

Una de las tantas y magníficas semblanzas que Francisco Umbral escribió sobre literatos de todos los tiempos se tituló “El pelo de verde de Baudelaire”. El texto comenzaba reproduciendo un encuentro que el poeta francés tuvo con el también poeta Thèophile Gautier para almorzar en un restaurante de la capital, al que Baudelaire acudió con sus cabellos teñidos del color del título, aunque Gautier ni se percató de la extravagancia: “¿Pero tú me has mirado bien, no me notas nada en la cabeza?”, preguntó el primero. “No, la verdad”, respondió el segundo. “Llevo el pelo verde”, añadió el primero. “Ah, bueno, como todo el mundo. Está de moda en París”, concluyó el segundo[1]. Da igual si las cosas fueron en verdad así, pero la anécdota sirve para bosquejar la personalidad de su protagonista, de cuya muerte se cumplen ahora 150 años.

            Charles Baudelaire fue un rebelde desde joven. Se quedó huérfano de padre siendo niño, y su padrastro, el general Jacques Aupick, tuvo que lidiar como pudo con un chaval díscolo al que, sin embargo, se le intuía un talento descomunal. En cuanto tuvo edad para ello, el hijastro se libró  de la custodia familiar, se asentó en París para estudiar Derecho y se vinculó con el ambiente literario de la época, pues entonces ya había intuido que escribir era lo que realmente le gustaba. Pero en París empezaron también los excesos y la vida nocturna: juergas, absenta, opio, prostitutas… Parece que una de ellas, llamada Sarah y apodada cariñosamente “la Louchette” (“la bizquita”), le contagió la sífilis.

            Sarah no fue la única mujer en la vida de Baudelaire: Madame Sabatier, Marie Daubrun o la mulata Jeanne Duval fueron otros de sus amores. Y una “dama criolla” a la que conoció en Isla Mauricio durante una travesía de camino a la India, destino al que Aupick había decidido enviar a su hijastro con la vana esperanza de que sentara la cabeza. Ni llegó a su destino, ni sentó la cabeza; en su defecto, Baudelaire regresó a París, cumplió veintiún años y heredó un buen dinero de su padre, que despilfarró, viviendo, bebiendo, comprando muebles innecesarios y convirtiéndose en un dandi de trajes a medida y complementos llamativos. Sería entonces cuando se pintaba el pelo de verde.

            Estamos en 1842. Tres años después, en 1845, descubría el hachís y publicaba Salón de 1845, una colección de críticas de arte. Vinieron a continuación Salón de 1846, la novela La Fanfarlo y, en 1850, Sobre el vino y el hachís, un ensayo de cuyo trasunto sobran explicaciones y al que volvería de nuevo en Los paraísos artificiales. Aún quedaba más de un lustro para que se publicara su creación más grande, sus “flores del mal”, sus “flores malditas”, pero el camino hacia ellas estaba más que marcado, con su obra y con su vida, ambas  de la mano, ambas también malditas. 

            Poco antes de que vieran la luz, Baudelaire hizo saberlo en París; en concreto, hizo saber que estaba escribiendo un poemario titulado Los limbos -dijo primero-, y Las lesbianas -corrigió después. Mientras terminaba de organizarlo -su estructura era un engranaje perfecto en el que cada composición tenía su lugar-, buscaba editor, pero no fue tarea fácil pues se sabía que la obra sería provocadora y nadie se aventuraba a la empresa de imprimirla. Finalmente, Auguste Poulet-Malassis, amigo del autor e insensato como él, asumió el riesgo y, bajo su sello, en 1857 lanzó Las flores del mal (ni Los limbos ni Las lesbianas)de Charles Baudelaire, que este dedicó a Théophile Gautier.

            Con la publicación llegó el escándalo anunciado; el periódico Le Figaro, además,promulgóuna campaña contra la obra, que fue tachada de blasfema, pornográfica e irreverente. ¿Por qué? Porque en sus páginas el poeta cantaba al amor y la belleza, pero también a Satán, a las prostitutas, a los mendigos o a las lesbianas; esto es, convertía lo considerado antipoético en la más hermosa de las líricas. Por ello, Baudelaire fue  juzgado y condenado; y por ello, sus flores fueron injustamente mutiladas: sentenciaron al autor a una multa económica, y a retirar seis poemas del volumen.

            Baudelaire acató la condena y en una segunda versión, aparecida 1861, eliminó las composiciones censuradas, aunque añadió treinta nuevas. Cada poema, por tanto,  ya no se encontraba en el lugar original y, a pesar de ello, la estructura de la obra seguía rozando lo sublime. Porque en Las flores del mal es como si el autor sugiriera al lector (a él se dirige en la composición inicial) una historia, a través de las seis partes que la componen: un intento de trascender la realidad a través del arte, del amor, de lo seres de París, del vino, del mal, del bien, ¿de la muerte?

            A Baudelaire ya le restaban pocos años de vida. En sus últimos tiempos, viajó por Bélgica en una gira de conferencias, que le aburrían sobremanera y en las que ni él ni su escaso público creían. Entonces el dandi no era ya tan dandi y las penurias económicas y de salud acechaban: problemas con la vista, neuralgias, reumatismo, parálisis. El 31 de agosto de 1867, diez años después de la publicación de sus flores malditas, Charles Baudelaire moría, devorado por la sífilis, en París, la “ciudad hormigueante” de su vida  y de su obra, ambas de la mano, ambas también malditas.           


Artículo publicado originalmente en el número 8 de Rísbel Magazine

[1] Francisco Umbral, “El pelo verde Baudelaire”,  El Mundo, suplemento La Esfera, 31/10/1998.