La vida es lo que pasa mientras haces planes, solía decir el genial John Lennon. ¡Qué gran verdad! Y si no, que se lo digan a Andrea Denver. Para quienes el nombre no les suene, sepan que Andrea es un joven italiano de veintiséis años y uno de los modelos más cotizados del panorama internacional. Es un chico abierto, lo cual ya se puede intuir por la propia elección de su nombre artístico, que no es ni mucho menos que el mismo que el de pila. (Y ya hablaremos de pilas, más adelante). Sí, efectivamente se llama Andrea, pero su ficticio apellido lo tomó prestado de la ciudad de donde procede su equipo preferido de baloncesto, los Nuggets. Ya solo con esta elección nominal, Andrea deja clara su pasión por este deporte y, en definitiva, nos dice a boca cerrada que le gusta saltar, apuntar alto y meter canastas. Aunque a decir verdad, su vida, en honor a la frase del líder de los Beatles, parece tener más de improvisación que de estrategia; eso sí la suya se trata de una espontaneidad marcada por fuertes dosis de racionalidad, como buen tauro que es.

Lo ficharon cuando apenas contaba con dieciséis primaveras, durante unas vacaciones  en las que visitaba a una parte de su familia que vive en Los Ángeles. Concretamente se encontraban en un supermercado cuando un scout le asedió al grito de: “Me encanta tu estilo, este es mi mail”. (Y yo me pregunto: ¿por qué a los modelos –tanto masculinos como femeninos los fichan en lugares rodeados de comida, véanse cafeterías, restaurantes, supermercados–, si el gremio no se caracteriza precisamente por su glotonería? Curioso). En esa ocasión, aún pipiolo, le acompañaron al casting su padre y su tío, pero pese a haber tenido éxito frente al jurado, la cosa no pasó de las buenas intenciones, pues Andrea aún tenía clara su prioridad de terminar bachiller. “Les digo a los pequeños de mi familia, a mis primos, que estudien, que vayan a la universidad, eso es importante sin duda, pero que tengan presente que al día de hoy con Internet y creatividad uno puede ganarse la vida, que no pierdan esta idea de vista y que sean inventivos”.

El mejor consejo que le han dado desde casa: “no hagas nada con lo que no te sientas a gusto”.

Andrea según sus propias palabras ni se tiene ni quiere ser el típico modelo simple. Le gusta la literatura clásica grecolatina, aunque estos últimos años confiesa no sacarle tiempo a la lectura. Siente una especial conexión con las composiciones de amor del poeta Catulo, el cual vivió durante un tiempo en el Lago de Garda, donde la familia de Andrea tiene una casa. Pero si se le pregunta si es romántico, suelta un pequeño gritillo, muy italiano y dubitativo, y concluye: “A mi manera. Que es una manera rara. Cuando amo a alguien de verdad, le abro mi corazón”. Hasta ahí nada tan raro…

–¿Te han roto el corazón alguna vez?

–Sí, pero a la larga, me he tomado estos desamores como lecciones, como oportunidades de aprender. Echando la vista atrás ahora casi me alegro de que sucedieran así.  

Ahora Andrea sale con una chica, que le ha quitado muchas de sus caducas ansias de salir de fiesta, una chica que le cocina en su apartamento neoyorquino –ya que él es vago para el fogón, ­pese a ensalzar tanto a su pappa y mamma como grandes chefs – y con la que disfruta haciendo planes sencillos como ir al cine. A raíz de esto, comenta que se muere por ver Asesinato en el Orient Express, dado que le fascinan las tramas policiacas y criminales. Aunque no, no tiene deseos psicopáticos contra ningún ego de la industria, ni aspira a ser víctima de la moda: es más, considera que su estilo apenas ha cambiado desde su primer chapuzón en el mundillo, pero reconoce que ahora conoce y se conoce más y tiene más claro lo que le gusta. Tanto es así, que él mismo se ha animado a emprender con otros socios en la concepción de una marca de chaquetas made in Italy con la que anda muy ilusionado por varias razones. La primera, por el riesgo y la efervescencia intrínsecos a parir un proyecto semejante. La segunda, porque se le presenta la oportunidad de ejercer sus habilidades comunicativas y de relaciones públicas, (aparte de su predisposición natural, Andrea estudió Comunicación en la Universidad de Verona). La tercera, y no por ello la menos importante, porque le permite volver a su tierra natal.

Lo cierto es que transluce cierto amor/odio –ojo, odio a pequeña scala, que es una palabra muy tremenda–  hacia su cultura de origen: es consciente de la forza italiana, de lo que marca y pesa en el mundo de la moda el ser oriundo de la bota, lo cual normalmente es positivo, pero no necesariamente siempre; prefiere que le tengan por un profesional global; de ahí que esté dando clases para pulir su acento y suavizarlo. Eso sería discutible, pues un acento le hace a uno memorable, pero él verá…

Aún así, Andrea ama su país y cómo no, por encima de todo y como buen italiano, ama a su familia. Hijo único de un médico y de una profesora de universidad, son las dos personas vivas que más admira. El mejor consejo que éstos le han dado: “No hagas nada con lo que no te sientas a gusto”, lema que él tiene grabado a fuego; sin embargo, no siempre ha estado de acuerdo con ellos, especialmente con su madre, que hubiera querido que fuera periodista, pero al final, acabó por claudicar y apoyarle en su carrera de modelo. Su padre es el que desde el primer momento parece haber estado entregado a la causa, a pesar de que los derroteros efectivos de su retoño no estuvieran comprendidos en sus expectativas iniciales. Como explicaba más arriba, él mismo le acompañó a su primera prueba y le exhorta día a día a que trabaje para superarse en aquello en lo que se nota más flojo, en el caso de Andrea la pasarela. “No tiene nada que ver con el ambiente del backstage, de hecho, encuentro las bambalinas bastante divertidas, el caso es que odio caminar delante de tanta gente mirándome, me pongo muy tieso”. Admite entre risas. “He tenido oportunidades para desfilar más de lo que lo he hecho pero siempre busco alguna excusa, algún trabajo paralelo para no tener que participar. No me gusta nada”. No obstante, dado que su lema parece ser: “mejorar, mejorar y mejorar”, puede que pronto se le quite el miedo y le veamos más walk the line, a lo Johnny Cash.

Valora tanto la estructura familiar que las personas que más ha admirado a lo largo de su carrera profesional han sido a su vez sus dos padrinos, sus dos agentes, los cuales al igual que sus padres naturales tienen su propia cartera de consejos, que se antojan muy alineados con los que le han inculcado desde casa: “Sé siempre tú mismo, no te quedes estancado en tus pensamientos, créetelo, sigue adelante y no tengas miedo de nada”.

Nunca ha tenido una crisis de fe y hace escarnio de aquellos que retiran el saludo a Dios a la mínima que les va mal. “La vida es un guerra, no se va todo al traste por perder una batalla.  Hay que seguir luchando”.

Parece que a Andrea le gusta rodearse de personas sensatas, con los pies en la tierra. Él mismo suena muy coherente cuando habla de sus aspiraciones, aunque no le guste mucho eso de hablar del futuro, ya que, por un lado, se diría que tiene bien interiorizada la idea de que por la boca muere el pez; por otro, porque hace alarde de un arraigo budista al ahora, a pesar de tratarse de un católico de pro, que lleva yendo toda la vida a misa. Incluso hoy en día, sigue asistiendo a la liturgia de las doce en el distrito financiero cada domingo, tradición familiar con la que se siente muy realizado y que disfruta más aún cuando sus padres vienen de visita y comulgan los tres juntos. Nunca ha tenido una crisis de fe y hace escarnio de aquellos que retiran el saludo a Dios a la mínima que les va mal. “La vida es un guerra, no se va todo al traste por perder una batalla. Hay que seguir luchando”.

Si le tiramos de la lengua confiesa que en el aspecto personal querría formar una familia y ser padre en Italia. Eso lo tiene claro. En el sentido profesional, reitera que siempre hay mucho que hacer. No se marca objetivos temporales pero sí tiene nociones claras de qué quiere conseguir, y éstas tocan distintos palos ya que es consciente de que la belleza es efímera, y que es más sabio no poner todos los huevos en una cesta, y más en esta clase de cesta que se rompe con facilidad.

En particular, palo número uno, Andrea está involucrado en la plataforma online 1and1life, donde da consejos de fitness a una base de suscriptores. Se queja de la pérdida de tiempo que a menudo suponen los entrenadores personales, él reconoce como su ventaja diferencial el hecho de ir directo al grano con las rutinas de ejercicios y si acaso se le pone en duda esta argumentación salta con un: “A  la vista está el porqué de que la gente me siga, es evidente que mis ejercicios me sirven”, (ahí le sale el ranchito). Todo sea dicho, huye de los batidos de proteínas o anabolizantes y no se priva de una buena cena con sus amigos cuando le apetece.

Palo número dos, aunque a veces  resienta la excesiva exposición en las redes sociales, le gusta darse a conocer a través de ellas y le importa la opinión de la gente, le gusta interactuar con sus fans y que le tengan por alguien cercano y no por un cretino con facciones hipersimétricas. Una no puede evitar pensar en la frase de Stanley Tucci de El Diablo se viste de Prada: “Claro, porque de esto va esta industria multimillonaria, de la belleza interior…”

Con respecto a la gestión de sus cuentas más pictóricas confía en el asesoramiento de un amigo que estudió fotografía en Nueva York y como reto de futuro, quiere aprender a editar vídeos para aportar valor a su presencia en las redes sociales, calurosamente acogida –tanta calidez que en una de tres fotos aparece sin camiseta. Comenta con admiración cómo otros compañeros de profesión ya están curtidos en el montaje de vídeos como Ali Gordon: “La gente quiere contenido, es más creativo y se involucran más”.

También quiere probar el mundo de la comunicación de manera más seria y consistente, le gusta reír y hacer reír. Menciona a George Giacco, como su gran ídolo de la comedia. A quien le interese un pinito humorístico del propio Andrea, echen un vistazo al vídeo con Eric Dunn, TDrew y Corey Lewis, disponible en Youtube, y juzguen ustedes mismos.

–¿Siempre ha resultado tan fácil como parece?

–Pues… ¡Sí! –responde con perplejidad.

Con todo, sabe también que la suerte –tal y como reza el eslogan de Martini, marca paisana–, es una actitud. Él ha tenido de eso, y mucho. Un cóctel con una parte de actitud y una de suerte. Al fin y al cabo, hablamos de alguien que tras ser fichado otras dos veces más de manera aleatoria y sin él buscarlo, acabó –o empezó– figurando en el videoclip de ni más ni menos que Jennifer Lopez, “I luh ya papi”, como primer trabajo en su trayectoria estadounidense. Y no es su única colaboración en esta línea: también ha aparecido en un vídeo de Taylor Swift, una de sus cantantes preferidas, pese a gustarle más en sus tiempos iniciales, cuando se presentó al mundo como una cantante country. (Cuánto ha llovido desde aquello, eh, Taylor…) Incluso la simpar Madonna cayó rendida a sus pies y lo seleccionó para una de sus cintas. De hecho, antes del rodaje, cuando aún no se conocían ni sabía que iba a tener la fortuna de trabajar codo con codo con ella, la reina del pop subió una foto de él a su cuenta de Instagram, etiquetándole. (Porque ella puede, claro que sí). Se sintió aturdido en ese momento pero sobre todo muy agradecido, aunque no está del todo contento con su actuación en el vídeo de la diva, pues considera que quedó muy reducida.

Un consejo de una servidora para ti, Andrea, si lo admites, quédate con lo que te dan y no con lo que no te dan, y más aún si por medio anda metida en el sarao una ambición rubia –mayúscula y legendaria–, pero tranquilo que vas por buen camino.    

Entrevista publicada originalmente en el número 9 de Rísbel Magazine