Pijo, cayetano, Borja-Mari… Tres etiquetas para una tribu urbana que no ha dejado de reinventarse: esta es la historia de cómo la élite juvenil española cambió de uniforme sin perder su estatus.
El niño bien con apellidos compuestos
Antes de que la palabra pijo se instalara en el vocabulario popular ya existían los «niños bien», jóvenes de familias acomodadas, a menudo con apellidos compuestos, que acumulaban en sus armarios tantas prendas como disciplinas practicaban. Su posición social les permitía disfrutar de un catálogo de aficiones y actividades extra escolares donde la ropa era una extensión directa de su estatus.

Los polos de piqué blancos de Lacoste eran perfectos para acudir a las canchas de tenis del Club Puerta de Hierro y los náuticos Sebago, el mejor calzado para navegar por las aguas de Sotogrande en verano.
El pijo español del Ford Fiesta blanco y el jersey amarillo
En 1985, Hombres G lanzó Devuélveme a mi chica, canción rebautizada por el público como Sufre mamón. En apenas 3 versos repartidos por la canción, David Summers popularizó la palabra pijo para señalar a ese perfil de joven acomodado y a su forma de vestir tan característica: «Ella se fue con un niño pijo», «Tiene un Ford Fiesta blanco», «Y un jersey amarillo».

Aquellos versos ayudaron a definir una identidad estética frente a las distintas tribus urbanas del momento. Lejos de la imagen de rebeldía y las chaquetas de cuero del movimiento punk, el pijo seguía su propio manual de estilo con vaqueros rectos y mocasines. Los plumíferos de Pedro Gómez y la tienda de Don Algodón en Madrid eran lo más total entre la juventud más acomodada.

Borjamari, Pocholo y las camisetas surferas traídas de Tarifa para los pijos españoles
A comienzos de los 2000, el cine español convirtió al pijo en parodia con El asombroso mundo de Borjamari y Pocholo. Santiago Segura y Javier Gutiérrez encarnaron a dos hermanos treintañeros atrapados mentalmente en los años ochenta, exagerando los grandes clichés, como el flequillo engominado, los polos pastel con jersey anudado al cuello y los mocasines sin calcetines.

Fuera de la ficción, la ropa que los jóvenes, pijos de segunda generación, empezaban a llevar era distinta. Mientras los más clásicos optaban por camisas de rayas de Polo Ralph Lauren y Tommy Hilfiger, otros buscaban un look más relajado con el estilo surfero de las sudaderas de Quiksilver y las camisetas de El Niño traídas de los veraneos en Tarifa.

El artista independiente que bebe café de especialidad en Malasaña
Años más tarde, esos jóvenes crecieron. Mientras unos eligieron estudiar el doble grado de Derecho y ADE para terminar con traje y corbata en alguna consultoría, otros prefirieron explorar rumbos más creativos con la ayuda económica de sus progenitores. Los más emprendedores decidieron abrir su propio negocio de ropa vintage en la calle Velarde o una cafetería de especialidad en alguna otra calle de Malasaña, mientras que los más artísticos, que de pequeños aprendieron a tocar un instrumento en extraescolares o cantaban los domingos en misa, montaron su propio grupo de música independiente.

Los pantalones Levi’s 501 desgastados, camisas remangadas y abiertas en el pecho, zapatillas sin calcetines y estampados que rompían con la sobriedad clásica estuvieron en tendencia. Firmas españolas como Scalpers o El Ganso supieron leer el momento a la perfección, disparando su facturación y llenando las calles con sus prendas en una de las etapas de mayor crecimiento de la moda masculina española.
El pijo español en la actualidad: el uniforme híbrido entre universidad privada y teatro Barceló
En la era de TikTok, el término “pijo” ha dado paso al de “cayetano” y al igual su denominación, su armario también ha cambiado. En ciudades como Madrid o Barcelona, estos jóvenes de clase media-alta, cada vez más preocupados por las tendencias de moda, han incorporado en sus looks diarios prendas propias del streetwear más prémium.
Aunque marcas de moda españolas como Scuffers, Cold Culture, Yuxus o Eme Studios nacieron enfocadas a otro público, sus camisetas y sudaderas se hicieron tan virales que cualquier chaval con posibilidad de gastarse 40 € en una camiseta quería llevarlas. Poco a poco, estas prendas se han convertido en un sello de identidad del «cayetano actual», a quien hoy es habitual ver con ellas tanto en la universidad como de fiesta en el Teatro Barceló.

