Bad Bunny transforma el descanso de la Super Bowl 2026 con un show lleno de cultura latina, ritmo y emoción: así fueron los 15 minutos que cambiaron el estadio.
El estadio aún arrastraba la pesadez de una primera parte lenta cuando apareció Bad Bunny y, de pronto, todo cambió. El público se levantó, dejó los móviles a un lado y miró al centro del campo como quien espera un milagro breve, directo, sin rodeos esa noche fría larga intensa.
Muchos discutían si un artista latino debía ocupar ese espacio, como si el idioma importara más que la energía. La polémica sonaba hueca. El descanso del fútbol nunca ha sido un examen de letras, sino un golpe de adrenalina compartida, pura emoción colectiva para todos los presentes aquella tarde larga.
"God bless América" Bad Bunny llevó el orgullo latino a la Super Bowl con un espectáculo que culminó mencionando uno a uno los países de América, balón en mano, con la frase “Juntos somos América”.#BadBunny #badbunnysuperbowl #SuperBowlLX pic.twitter.com/4e6ox2cWa2
— Rísbel Magazine (@RisbelMag) February 9, 2026
El show comenzó con una orquesta de cuerda y metales y la cámara siguió cada paso de Bad Bunny con una cercanía casi íntima. A su lado, aparecieron Lady Gaga y Ricky Martin como invitados en distintos momentos clave del espectáculo nocturno ante miles atentos presentes.

El estadio se transformó en escenas cotidianas: cañaverales, barrios, una barbería, una cocina familiar, una fiesta de boda. Todo tenía olor a casa. Bad Bunny avanzaba como guía, señalando personajes y ritmos, dejando que cada canción funcionara como capítulo breve de una historia común para todos nosotros allí reunidos juntos.
Más de dos horas antes, el ambiente parecía cansado. Anuncios eternos, jugadas torpes y un silencio incómodo. Con el primer beat, el cansancio desapareció. Nadie miró el reloj. Las gradas saltaron al mismo tiempo, como si el cuerpo recordara que también había venido a celebrar la noche juntos felices siempre.

El reto de cualquier artista en el descanso del Super Bowl consiste en condensar su mundo en diez minutos. Bad Bunny lo entendió desde el inicio. Mezcló fragmentos, cruzó ritmos y evitó pausas. El set fluyó como una sola pieza, compacta, sin distracciones para todos los asistentes aquella noche larga.

También hubo representación clara. Familias latinas bailando, abuelos tomados de la mano, niños siguiendo coreografías simples. No buscó impresionar con trucos, buscó conectar. Y conectó. Sentí esa mezcla de orgullo y calma que llega cuando alguien cuenta tu historia sin pedir permiso para todos los presentes del estadio central unidos.

La integración técnica resultó impecable. Las cámaras entraban y salían de cada escena con precisión, casi respirando con los bailarines. Decenas de cuerpos se movían coordinados, desde parejas mayores hasta adolescentes. Nadie quedaba fuera del plano, y esa cercanía construyó un relato honesto para quienes mirábamos atentos desde las gradas.

Tengo que admitir que no conocía todas las canciones. Reconocí algunas, otras me sorprendieron, pero si que Benito consiguió que nunca perdiera el hilo. El montaje dibujaba un retrato continuo de su vida y la de su gente. Durante quince minutos todos olvidamos el marcador y pensamos solo en disfrutar de este Half Time con música.
Cuando las luces bajaron y volvió el juego, quedó una sensación clara: Bad Bunny había cumplido su misión. Ofreció energía, identidad y compañía en un momento gris. Salí del estadio con una sonrisa tranquila, pensando que quince minutos bastan para cambiar una noche entera con amigos cercanos felices siempre juntos.

