La diseñadora cierra 37 años al frente de la línea masculina de Hermès con una colección íntima, centrada en el material y cargada de memoria.
Entré al Palais Brongniart con esa sensación extraña que te avisa de que algo importante va a pasar. No era un desfile más. Hermès despidió la tarde de ayer, sábado 24 de enero, a Véronique Nichanian tras casi cuatro décadas dibujando el armario masculino de la casa, y el ambiente mezclaba respeto, nervios y una gratitud muy palpable.
La primera fila del desfile reunió ejecutivos, músicos, actores y viejos amigos de la firma. Vi al cantante Usher conversando con Axel Dumas, a Travis Scott, a James McAvoy y a Paul Smith observándolo todo con atención. Me dio la sensación que ninguno de ellos buscaba protagonismo, cosa poco habitual en un desfile. Todos parecían conscientes de que la historia ocurría bajo la cúpula del Palacio Brongniart, la antigua Bolsa de París.

Nichanian apostó por lo que mejor conoce. Los modelos caminaron con jerseys de cuello alto de seda y pantalones de cuero en azul marino, negro y gris topo. Las siluetas resultaban limpias, cómodas, pensadas para durar años. Me gustó esa calma. Los abrigos, construidos con patchwork de cuero y forros de piel de oveja, pedían tocarse. Cada prenda hablaba de textura y calor real, no de tendencia rápida.
Luego llegaron los recuerdos. Un traje de cuero azul marino con rayas cosidas, nacido en 2003, volvió con la misma seguridad. También reapareció el mono de piel de becerro color moca de 1991. El archivo se integró con naturalidad, como si el tiempo hubiera girado en círculo. Entre los tonos oscuros, destellos naranjas y amarillos encendieron la sala. Y, de pronto, el traje brillante de piel de cocodrilo caqui marcó el momento más comentado.

El final me tocó de cerca. Las pantallas mostraron antiguas salidas de Nichanian. Ella apareció con su habitual sonrisa, dio una vuelta y el público se levantó. Aplaudí sin pensarlo. Ahora tomará el relevo Grace Wales Bonner. Hermès cambia de etapa en un momento en el que el mundo de la moda no deja de ser agitado, eso sí: con el firme propósito de mantener el ritmo.

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