Aunque Eton ha sido fotografiado en numerosas ocasiones (incluidas intrusiones mucho menos deseadas, como las de los paparazzi), nadie ha conseguido hacer un retrato tan íntimo y cercano como el de Ian Macdonald. Tras pasar un año como artista residente en el colegio más exclusivo del mundo, el fotógrafo de Middlesbrough fue capaz de inmortalizar el día a día de unas aulas en las que han estudiado primeros ministros, premios Nobel, príncipes e incluso santos. A sus 80 años, Ian Macdonald habla en exclusiva con Rísbel Magazine para regalarnos lo mejor de su archivo fotográfico.
Situado a la sombra del castillo de Windsor, Eton es en la actualidad una suerte de campus universitario sin serlo, donde conviven varones de unas 120 nacionalidades que descubren su vocación y perfeccionan talentos con un horario que también hubo de seguir Ian Macdonald cámara en mano. Desde las habitaciones (individuales) al comedor o la imponente capilla, donde la tierra pide al cielo clemencia. Acudir a la celebración de la Eucaristía dos veces a la semana es una de las reglas de esta sacrosanta comunidad que fue fundada hace casi 600 años para que estudiasen los hijos de los más humildes de Inglaterra. Humor inglés o no, ahora es justo para lo contrario, aunque hay becas para aquellos talentos que sobresalen.

Paradojas del destino, Ian nunca fue buen estudiante, “lo que me llevó a asistir a una escuela moderna desde los 11 hasta los 16 años. Esta escuela enfatizaba materias prácticas, lo que me venía muy bien. Disfrutaba del arte, la carpintería, la literatura inglesa, la geografía o la historia. Aunque mi experiencia escolar no fue del todo buena, estoy agradecido por la educación que recibí y los dos buenos amigos que aún conservo de esa época”.

La fotografía llegó a su vida casi por casualidad durante unas vacaciones familiares en Whitby, ciudad del fotógrafo humanista victoriano Frank Meadow Sutcliffe. Aquel primer contacto sería decisivo, aunque en un principio Ian optó por el dibujo y la pintura, inspirado profundamente por los impresionistas como Degas y Monet. Sin embargo, tras varios trabajos poco gratificantes, decidió dedicarse plenamente al arte. “Mientras realizaba una tarea particularmente monótona en una fábrica química, pensé: ‘No quiero hacer esto por el resto de mi vida’”, me cuenta Ian.

El giro definitivo hacia la fotografía ocurrió en la Escuela de Arte de Sheffield, donde un tutor reconoció inmediatamente su talento y lo alentó a profundizar en esta disciplina. Este paso fue fundamental en su carrera artística, iniciando una trayectoria donde la cámara sería su medio principal para capturar el mundo que lo rodeaba, siempre con un estilo humanista y realista.

La invitación para convertirse en artista residente en el prestigioso Eton College surgió después de que dos miembros del colegio adquirieran varias de sus fotografías. Así, en 2006, Macdonald inició una estancia que duraría un año completo, periodo en el que también impartiría clases de fotografía a los estudiantes.

“La vida en Eton era algo completamente distinto a todo lo que había experimentado antes. Me impresionaron su magnitud, su grandeza y la organización excepcional que definían a la institución”, expresa Macdonald, recordando el impacto inicial que le generó la vasta infraestructura del colegio, con sus cuarenta y cinco casas de internado, bibliotecas, gimnasio, piscina e innumerables instalaciones deportivas.

Para desplazarse por los extensos terrenos, Ian utilizaba una bicicleta, ya que “cruzar el campus a pie podía llevar hasta veinte minutos”. Esta peculiaridad refleja la grandiosidad del lugar, pero también su carácter íntimo y bien organizado.
Durante su estancia, Macdonald gozó de total libertad creativa. “Pasé mi tiempo inmerso en la vida de Eton, fotografiando tanto como me era posible y trabajando en el revelado y positivado en un cuarto oscuro creado especialmente para mi estancia”, explica. En total, realizó cerca de 700 exposiciones en formato 4 x 5 y más de 1.780 negativos en formato 6 x 7, un trabajo meticuloso y profundamente inmersivo.

Sus fotografías hablan en blanco y negro y cuentan momentos cotidianos pero repletos de significado. Desde el impecable uniforme en forma de frac de los alumnos hasta escenas de estudio, reflexión o recreo, sus imágenes proyectan un aura de misterio y una belleza tan atemporal como magnética. “Lo que realmente me fascinó fue que aquellos estudiantes, a pesar de formar parte de una élite, eran jóvenes aprendiendo, creciendo y enfrentándose a los retos de su futuro”, afirma.
Su mirada trasciende la mera documentación del privilegio para enfocarse en la esencia humana y educativa de los jóvenes. Este enfoque, afirma Ian, proviene de sus años documentando trabajadores industriales y estudiantes de escuelas públicas: “Para mí, no se trataba de la riqueza o el privilegio de la institución, sino de documentar a los jóvenes en su entorno único, tal como lo había hecho con los trabajadores de altos hornos o astilleros. Ese era el verdadero núcleo de la experiencia en Eton”.

Con hasta 1.250 chicos viviendo en el campus, todos internos lejos de casa, el funcionamiento eficiente del colegio era un claro reflejo de su éxito. La mayoría del personal, tanto académico como no docente, también residía en el lugar. “Hice muchas amistades durante mi estancia en Eton, y casi sin excepción, todos fueron amables, serviciales y solidarios”.
Además del intenso trabajo fotográfico, Ian disfrutó especialmente del ambiente cultural y académico del colegio. Recuerda con particular cariño las actuaciones musicales durante los almuerzos, que incluían desde piezas clásicas hasta jazz. También admiraba profundamente las pinturas de murales medievales de la Capilla, lugar al que los alumnos asistían regularmente. “Nunca me cansé de admirar aquellas impresionantes obras”, señala Macdonald.

La experiencia educativa y cultural fue tan significativa que reforzó su vocación pedagógica, nacida durante sus 28 años como profesor en el noreste de Inglaterra. En Eton encontró nuevamente esa pasión por enseñar y orientar a los jóvenes, ayudándolos a descubrir su camino artístico. “Eton College ha sido, es y será la escuela de los herederos, sólo varones, de la clase dirigente británica durante más cinco siglos. Pero más allá de esas etiquetas clasistas, aquellos jóvenes eran inteligentes y, gracias a su educación, tenían la confianza para cuestionar y explorar el mundo que los rodeaba. Esa dinámica, ese estado de transición en su desarrollo, hizo que la experiencia de fotografiarlos fuera aún más fascinante”.
Al concluir su residencia en julio de 2007, Ian Macdonald permaneció unas semanas más para seleccionar e imprimir cuidadosamente sus imágenes favoritas. En ellas, encontró paralelismos con su trabajo anterior: un profundo sentido de tradición, una calma reverencial y una humilde belleza que trasciende la clase social o el contexto particular.

“Eton es un colegio, sí, por supuesto que sí. Pero por encima de todo es una fábrica de leyendas, de primeros ministros, ¡de santos…!, un monumento vivo a las buenas costumbres inglesas, una oda a la excelencia y a la exquisitez más absoluta”, concluye Ian que, como los buenos vinos, fue haciéndose con el paso del tiempo y logró perpetrar en lo más profundo de un lugar del que muchos han oído hablar, pero jamás han entrado. Y es que la historia de Eton va más allá de esa institución de reglas victorianas y castigos de otro tiempo (como traducir versos del latín al castellano), y de eso tratan estas fotografías de Ian, instantáneas del mundo que le rodea en cada momento. O lo que es lo mismo, un lenguaje tan hermoso como personal en el que Ian ha querido reflejarse a sí mismo.

