Texto: Marta de la Fuente

La pasarela está llevando su nuevo paradigma lejos de la belleza clásica, proporciones áureas y cuerpos hercúleos. Se lleva lo feo. Distópicamente diferente, visualmente interesante o ‘riquiño’ según el nivel de corrección del interlocutor. Los diseñadores han adoptado el antónimo de la norma como punto de partida para ahondar en la fascinación y la irritación que provoca al ojo humano lo menos atractivo. En la pintura lo experimentó El Bosco, Cindy Sherman o Edvard Munch. En la música se desarrolló con instrumentos como el theremín o el sintetizador que recreaban momentos inquietantes en las películas de terror. Dos indispensables de los creadores de música experimental. Y cuando el feísmo llegó a la moda, se forjó un partner perfecto. La creatividad de un artista de la aguja es posiblemente el mejor arma para plasmar la ironía.

El feísmo se empezó a incorporar en los desfiles a través de la ropa. Fue un goteo lento, pero seguro. La exageración de los 80 o la estética grunge y desaliñada de los 90 son algunos de sus antecedentes. Su germen puede ser el normcore, ese look casual estudiado hasta el extremo. Con todo, la gran responsable de que se aceptara lo feo fue Miuccia Prada. Ella amaestró desde la tribuna a la crítica para que aceptara los estampados disonantes y las siluetas más interesantes que favorecedoras que empezó a incluir cuando se acercaba el nuevo milenio. El público se daba más o menos cuenta, pero la bofetada nos llegó a todos con el bolso shopper de Balenciaga inspirado en el Frakta de Ikea. La bolsa azul de plástico a 50 céntimos más vista en el transporte público fue interpretada por Demna Gvasalia al módico precio de 2.000 euros. Gvasalia no se caracteriza precisamente por seguir la norma. Él creció en Georgia cuando todavía formaba parte de la Unión Soviética y su obsesión es reinventar el uniforme. En una revista afirmó sobre su estilo: “Es feo, por eso gusta». El alma máter de Vetements hizo también una camiseta con el logo de la mensajería de DHL, que siempre le entregaba los paquetes tarde. De su inspiración pudo salir el curioso idilio entre Crocs y Christopher Kane. Los zuecos del cocodrilo imitaron el mármol y fueron salpicados por falsos minerales hace un par de temporadas. Las Teva de nailon con velcro a la vista salieron de igual forma del outfit de los mochileros para acompañar al hombre urbano el verano pasado. Del trastero se rescatan los chándales de Puma, Fila, Kappa… reinventados de nuevo por los tótems de la moda. En las tiendas de segunda mano vintage, las sudaderas rodas, descoloridas y intage, rod´ vintage, rod de segnda de los viajes de mochilero para acompañar al hombre urbano.  ídas, descoloridas y dadas de sí alcanzan más que su valor inicial. La moda se rinde a lo feo y enseña los dientes por él.

Por pura coherencia, las vestimentas y los complementos estéticamente diferentes piden maniquíes acordes para que los muestren. Llega el feísmo a las agencias y a los bookers. Decantarse por un modelo u otro no es como ir a una tienda a elegir una camiseta. Que esa persona funcione con el diseñador depende de lo que transmita. Su misión es completar el mensaje de la mente creadora. Una marca se palpa en la tienda pero fuera de ella también existe. La envuelve un concepto que transmite con los detalles que van desde el lugar donde se cita a los invitados y la propia citación, a la música, el perfume con el que crea ambiente y, por supuesto, sus modelos. Toda pasarela tiene una intención.

Estamos cansados, aburridos, de ver siempre lo mismo. Las redes sociales nos bombardean con imágenes bucólicas, parejas de catálogo de surf, mejillas sonrosadas y ni una arruga en la camiseta. Ante eso se produce el auge del mal gusto, consecuencia de haber escuchado al consumidor real hastiado de aparentar y de ‘likes’ baratos. Se ha despertado un nuevo comprador crítico que valora lo diferente, disruptivo o inusual porque en cierta manera le quita peso a la propia auto exigencia. A estar siempre perfecto. El canon impuesto se pone en tela de juicio por sus propios creadores, los diseñadores, caza tendencias de lo bello o de lo que sienta bien. Y paradójicamente aquello menos hermoso, más atrevido, se aplaude. «Es lo peor… ¡Me encanta!«

Mostrar modelos diferentes es un acto de justicia. Es subir a un escaparate un abanico de chicos que representan todos los estereotipos de la sociedad global. No todo el mundo es tan perfecto. Maniquíes pelirrojos, rubios platino, enclenques, aniñados o asiáticos, que no son tan comunes, han triunfado y han demostrado su profesionalidad. Shaun Ross nació en el Bronx y su condición de albino no le ha sido un impedimento para modelar, todo lo contrario. Alexander McQueen and Givenchy lo subieron a sus pasarelas y Katy Perry, Lana del Rey y Beyoncé bailaron con él en sus viodeoclips. Rick Genest es otra rara avis del mundo del modelaje, tatuado en el 99% de su cuerpo. Todos conocimos el vitiligo, la despigmentación proporcional de la piel, por Winnie Harlow y Madeline Stuart muestra su atractivo delante de la cámara a pesar de tener síndrome de Down.

El famoso ranking de la web models.com muestra temporada tras temporada a los mejores modelos del momento.

Orejas de soplillo, ojos descompensados, mordida torcida son talones de Aquiles convertidos en puntos fuertes. Marc French, el dueño de la agencia Ugly Models, fue uno de los primeros en ver el negocio. En 1969 fundó en Londres este refugio para la belleza atípica. Una de sus principales estrellas es Del Keens. Con su apariencia de duendecillo ha llegado a protagonizar varias producciones de moda alrededor del mundo y campañas de reconocidas marcas como Diesel. Andrej Pejic también forma parte de la cantera de French. Andrej cerró el desfile femenino Primavera-Verano 2012 de Jean Paul Gaultier. Si tras buscar su nombre en Google no te explicas por qué forma parte de este reportaje, adelantamos que es modelo transgénero. En España, el ugly fashion encuentra sus representantes en las excéntricas Sita Abellán o Ángela Huete y sus respectivas pandillas. O un paso más allá María Forqué, la transgresora y censurada hija de Verónica Forqué, merece más de cinco minutos de stalkeo. Sus fotos remueven a diseñadores en esa búsqueda del nuevo guapo.

Models.com hace una clasificación escudriñando de forma minuciosa cada firma para la que los modelos desfilan por todo el mundo.

Tras esta liberación social a través del feísmo, de atención para los de más abajo del montón y aceptación social, intercultural e interracial se puede hacer otra lectura menos noble: el marketing.  Estamos sobresaturados de imágenes en Pinterest, FaceBook, Tinder… y el feísmo se conforma por un look fuerte y audaz capaz de hacer que alguien se detenga en una foto. Permite llamar la atención de un público con un grave déficit de atención. Sus ropas, sus cuerpos, sus caras y su pose hacen llevar el grito al cielo de los que se matan en el gimnasio o los que veneran la historia de la alta costura a pies juntillas. Ya nadie sabe qué hacer para diferenciarse y la extravagancia puede ser aceptada en un entorno social, sobre todo cuando tu supervivencia en el sector depende de eso. Es un juego de formas. Tampoco es que los occidentales hayamos descubierto el invento. Lo kitsch es popular entre los asiáticos, cuyo mercado está más en auge cada día. Como si de una ex pareja se tratara, la pasarela se vuelve histriónica para atraer de nuevo nuestra atención.

Lo que se enfoca en exclusiva a la elegancia y a la perfección lleva las de perder. La moda, además de vender jerséis, pantalones o chaquetas, pone un precio a un sueño, a un estatus y a una aspiración. A una belleza que se ha devaluado desde que la rozamos todos los días en la pantalla de nuestros teléfonos. Ahora lo bonito está fuera de juego y queremos que nos saquen de nuestra zona de confort. Para mostrar su aceptación añadir que el Barbican Centre de Londres acogió la exposición ‘The Vulgar: Fashion Redefined‘.

Umberto Eco y otros pensadores creían que lo feo solo se podía definir a través de lo bello. Pero esta definición se debe enmarcar dentro del momento histórico y las tendencias imperantes. El nuestro es el de la sobreinformación, la sobreexposición a impactos visuales y el consumismo descarado. Seguramente en unos años el punto transgresor del feísmo se consuma, y los millennial, actores de la Re-generación tendrán mucho que decir de las nuevas reglas del aspecto. Hoy ya se sirven de Instagram como plataforma de difusión del que se ha aburrido de tratar de aparentar un estilo de vida ideal y quieren experimentar más allá del ego.

Estamos inmersos en un cambio que permuta la visión de nosotros mismos, nuestro comportamiento, la manera de comprender nuestro entorno desde el momento que nos ponemos algo horrible como si fuera un lujo. El universo fashion es el indicador físico. Tras años de belleza apolínea, hoy se lleva lo horrible en todas sus formas. ¿Qué será mañana? Oscar Wilde ya dijo que la moda era una expresión de lo feo tan intolerable que por ello se revisaba cada seis meses.


Artículo publicado originalmente en Rísbel Magazine 10