André Gide en estos tiempos

Por Margarita Garbisu
Ilustración de Seungwon Hong

En una época en la que era preferible no ser homosexual y, sobre todo, no contarlo, Gide decidió anunciar y denunciar el tabú a través de su literatura

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El año 2021 va a estar lleno de importantes conmemoraciones literarias; entre otras, se cumplen dos siglos del nacimiento de Fiódor Dostoievski, Charles Baudelaire y Gustave Flaubert o setecientos años de la muerte de Dante Alighieri. Desde aquí quiero además recordar los setenta años del fallecimiento de otro gran escritor, el francés André Gide que moría en París el 19 de febrero de 1951. Pero escribir sobre él resulta complejo, ya que su vida fue una larga búsqueda de un estilo y pensamiento propios; los acabó hallando, pero a costa de sostener durante años una lucha constante contra la sociedad y contra sí mismo; o lo que es lo mismo, contra unas costumbres establecidas de antemano por una educación y una época.

André Gide nació un 22 de noviembre de 1869 en el seno de una familia muy religiosa; en este sentido, su madre, una mujer dura y severa, basó la educación de su hijo en una rígida moral de privaciones, lo que hizo del joven André un ser escrupuloso y nervioso, y sumido en un mar de dudas, entre ellas -la más fuerte- su tendencia sexual, que en principio trató a toda costa de expiar. Sin embargo, dos largas estancias en el norte de África le ayudaron a ver las cosas desde un prisma muy alejado del aprendido: la primera, en Argelia y Túnez, entre el otoño de 1893 y la primavera de 1894, junto con el pintor Paul-Albert Laurens; la segunda, a principios de 1895, también en Argelia, en donde coincidió con Oscar Wilde y su licenciosa vida. El hedonismo wildeano podía ser contagioso, pero Gide no se hizo a un lado y con él se introdujo en locales argelinos de muy dudosa reputación.

Lo importante es que en África Gide descubrió costumbres diferentes, paisajes extraños y un hábitat en estado puro, y, por ello, comenzó su particular lucha contra todo freno al disfrute de lo que ese descubrimiento le brindaba, los alimentos de una naturaleza salvaje, libres estos de cortapisas humanas, religiosas, morales, legales y supuestamente éticas. Desde Biskra se rebeló contra su madre: “Tus consejos me son insoportables, en cuanto que no pretenden tanto iluminar los senderos como modificar la conducta- le escribió en una carta fechada el 15 de marzo de 1895 -. Si yo me empeñara en llevar una vida tal como la que me aconsejas, ella estaría en mentira constante respecto de mis pensamientos”. Pero dos meses después la progenitora fallecía y en su lecho de muerte, para descanso de su alma, Gide se comprometió con su prima Madeleine, una joven angelical y tierna, educada bajo el mismo rasero que el escritor. Se casó con ella en octubre de ese 1895 y aunque, en verdad, Gide la quería, el suyo fue un matrimonio blanco, no consumado, largo y dañino. La imagen misma de la contradicción.

En una época en la que era preferible no ser homosexual y, sobre todo, no contarlo, Gide decidió, no obstante, anunciar y denunciar el tabú a través de su literatura. Tras el paréntesis de la boda y de un viaje de novios por Italia, el autor vuelve a la escritura con Los alimentos terrenales¸ una obra breve en la que se atisba el primer conato de rebelión a través del personaje de Ménalque, un narrador-maestro que, página a página, trata de acercar a su joven discípulo Nathanäel el deleite vital: “No trates nunca de volver a encontrar el pasado en el porvenir –le dice-. Toma de cada instante la novedad que a nada se parece y no prepares tus placeres (…). ¿Acaso no has comprendido que toda felicidad es ocasional y se te presenta a cada instante como un mendigo en el camino?” Para entonces Gide se está convirtiendo –o ya se ha convertido- en un férreo defensor de la libertad individual, de la decisión personal y única, y de la aceptación de uno mismo con su verdad, cualquier que esta sea. No en vano en El inmoralista, una novela autobiográfica de 1902, exclama: “Fue desde entonces a aquel a quien pretendí descubrir: el auténtico ser, el ‘hombre viejo’, aquel de quien el Evangelio ya no quería saber nada, aquel al que todo lo que me rodeaba, libros, maestros, padre, e incluso yo mismo, habíamos tratado de suprimir de entrada. (…) Desde entonces desprecié a ese ser secundario, aprendido, que la educación había dibujado por encima.”

            Vino después Corydon, que empezó a escribir en 1910 y publicó parcialmente en 1911. Fuesu obra más sincera pero también la más perseguida. Al tiempo que la extrema derecha trataba de atenazarle con una campaña intimidante, muchos amigos y colegas le pidieron que no publicara oficialmente el texto. Pero desoyendo consejos y amenazas, Gide lanzó la edición definitiva de Corydon, una clara apología de la homosexualidad y de la pederastia, en 1924; y muchos amigos y colegas le retiraron la palabra tras hacerlo.

En los terribles años treinta, Gide se declaró antifascista y, por añadidura, se comprometió con diversas causas comunistas. Admirador de la URSS, allí viajó en 1936 para acompañar al escritor Máximo Gorki en sus últimos días; no llegó a tiempo y solo le pudo ver en su lecho de muerte. Permaneció en el país ruso entre junio y agosto de ese año, lo suficiente para comprender que no es oro todo lo que reluce y que el fin no justifica los medios. Gide comprobó in situ la arrogante superioridad soviética, el exceso de gloria nacional, el feroz adoctrinamiento de la población y la injusticia del régimen stalinista. Y a su vuelta a Francia lo denunció en Regreso de la URSS, un ensayo lleno de verdades que, sin embargo, le acarreó durísimas críticas, de nuevo el ninguneo de una buena parte de los escritores europeos de izquierdas y la denostación pública en el Segundo congreso internacional de intelectuales para la defensa de la cultura, celebrado en España en 1937, al que le negaron la asistencia. Gide había vivido la Primera Guerra Mundial y viviría la Segunda antes de fallecer en 1951. Un año después de su muerte, su obra entraba el Índice de libros prohibidos de la Iglesia Católica; una vez más Gide era reprobado, aunque esta vez no pudo saberlo. Hoy día ese Índice ya no se publica, pero el radicalismo, la censura y la intolerancia continúan, y por eso, por su valentía, por su belleza, por su verdad, la obra de Gide ha de permanecer más viva que nunca. Siete décadas o setenta años después.

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